sábado, 31 de marzo de 2007

un buque con 51 marinos y un reportero

La experiencia

Elicura

Era un golpe inevitable. Lo supe desde que me auto asigné por cortesía hacia mis nuevos compañeros la cama superior de una de las dos literas del minúsculo camarote de enfermería en el que me acomodaron junto a otros dos oficiales. Ante el overbooking y por deferencia hacia los tres, el Segundo Comandante había decidido que los habituales usuarios de ese camarote (de menor rango) se trasladasen a otro lugar. Privilegio de reportero. Aquella tubería que subía de la sala de máquinas hasta llegar a la proa del buque Elicura de la Armada de Chile, pasaba a menos de medio metro por encima de mi cabeza. La última noche a bordo y después de dos semanas esquivándola, me sobrevino aquel golpe lateral sobre mi cabeza.

cordillera Sarmiento

Pocas horas antes de aquel previsible suceso habíamos atracado en Caleta Tortel. La tripulación del buque iba a disponer de una tregua de tranquilidad y descanso. La primera de esas noches, el Segundo (Comandante) había autorizado una noche de fiesta, relajación y ron, mucho ron. La fiesta a diferencia de la que habíamos disfrutado una semana antes todos juntos en la bodega del buque y en torno a un monumental asado, se tenía que organizar por cámaras. Para ello cada una de ellas compraba antes de zarpar de Punta Arenas, todo lo necesario para el evento; alcohol, bebidas gaseosas, frutos secos… La cámara de cabos y marineros, por ser la más numerosa y por ser ellos los que más merecían el relax, era la más bulliciosa. Las botellas de ron se extendían a lo largo de la estrecha mesa. De frente a ésta, estaba la cámara de Sargentos y Suboficiales de formalidad acorde a la mayor edad, se afanaban en mostrar sus mejores dotes como cantantes frente al karaoke que habían instalado en su televisión. No obstante, también el ron añejo era el rey. Mucho más formal pero igualmente con mucho ron (y whisky para mi), era la cámara de oficiales (y del reportero). Nada más embarcar, me beneficié de los privilegios de los oficiales veinteañeros y del Comandante; un baño (compartido) mucho más limpio y ordenado, una cámara (a modo de salón-comedor) con una decoración más fina y mayor confort, la comida idéntica pero mejor presentada y servida…

Elicura I

Aunque fue poco el whisky que tomé, seguramente fue el suficiente para perder las referencias de distancia entre aquella tubería y mi cabeza en aquel momento en que me subía a mi catre bien avanzada la madrugada y mientras aún la cámara de Cabos y marineros seguía siendo la más animada. Escapé como pude a todas las invitaciones con las que pretendían agasajar al tripulante especial, al fotógrafo ante el que se lucieron, al español que imitaban con acento de 'la madre patria'… Me sentí en casa propia. El excelente trato que me dispensaron desde el primer día alcanzó su cenit después que pasara por circuito interno un audiovisual con alguna de las fotos que les saqué. Los aplausos de las otras dos cámaras llegaron a la de Oficiales. Me sentí orgullo, muy orgulloso.

Valderrama

Era un broche final a una experiencia singular que había estado planificando por meses hasta conseguir la autorización pertinente de la Armada de Chile para seguir los trabajos de señalización marítima y aprovisionamiento a los faros habitados y comunidades aisladas por los fiordos y canales de la Patagonia austral, en un recorrido alejado en su inmensa mayoría de las rutas comerciales. El paisaje simplemente increíble. Entendí entonces a Alejandro Silva, el niño protagonista de la excelente novela de Francisco Coloane 'El último Grumete de la Baquedano' y que pude leer durante la travesía. Aquel niño que como polizón se coló en el último viaje del buque escuela de la Armada Chilena quedó maravillado por los paisajes que recreaban 'canales tortuosos, en medio de grandes montañas y por aguas quietas, profundas y renegridas por las sombras de los cerros'.



Durante el recorrido tuve la oportunidad de visitar dos faros habitados aislados. En el primero vivía Marcelo, especialista farero de la Armada de Chile, con su mujer Bibiana y sus hijos, Angelo (6) y Jasmine (2). De los 12 años de experiencia, cinco los ha pasado en situación de aislamiento. Desde enero vive por primera vez en familia desde que se casó. En el Faro Fairway van a estar todo un año aislados en medio de canales y de una climatología infernal. Reciben provisiones cada cuatro meses. En el otro faro, habitado por personal de la Armada, viven cuatro marineros que son relevados cada cuatro meses siempre y cuando las condiciones del mar para realizar el relevo sean las óptimas. ¡¡Vivir aislado!! Convivir con otras tres personas no pero vivir todo un año en un faro con una buena compañía, creo que sí sería capaz.

Soudy

Para la realización de mi trabajo conté con todo el apoyo logístico necesario. El Comandante dispuso para mi cuanto precisé; me bajé en los botes para seguir bien de cerca el admirable trabajo de fareros y buzos, me subí a donde hizo falta para fotografiar, me facilitaron el acceso a los responsables de las comunidades aisladas para entrevistarles, e incluso pusieron a mi disposición un bote con motorista para las tomas especiales del buque por pasos de singular belleza. Marché con el mejor de los recuerdos y eso que temía que la disciplina y seriedad de los militares, entorpeciese mi trabajo e hiciese la experiencia aburrida. Todo lo contrario. Y no está nada mal la experiencia para alguien como yo insumiso de boquilla y objetor social sin remedio.

atracando

El primer día de navegación y poco después de zarpar desde Punta Arenas, distintos zafarranchos movilizaron a toda la tripulación. Hubo dos hombres al agua, un fallo de gobierno en el barco e incluso un incendio. Afortunadamente, se trataba de distintos simulacros. La vida a bordo para un civil no acostumbrado como es mi caso, es un tanto incómoda por la falta de espacio, los movimientos del buque (menos mal que salvo un día de navegación a mar abierto, el resto fue por canales de agua más o menos calmada) y sobre todo, por el ruido y las vibraciones que provoca éste. El ruido era bastante incómodo, especialmente en la cámara de oficiales y en el camarote de enfermería donde dormía. Pero salvo esas incomodidades, el resto de la vida a bordo es entretenido. La comida fue exquisita. El trabajo en el puente de mando muy atractivo. Es todo un mundo. Apenas pude aprender alguna cosa.

trabajos faro

Una tarde, horas después de atravesar la mítica Angostura Inglesa que obligó a la barcaza Elicura a dos maniobras seguidas de giro de 90º, llovía débilmente. Yo estaba trabajando con el portátil cuando me llamaron por megafonía; 'Antonio, puente'. Era el mensaje escueto que me obligaba a tomar la cámara y subir despavorido al puente de mando. Al llegar, el Comandante Espinoza (para mi, Patricio), me indicó que nos acompañaba una ballena a babor. En aquel momento tuve que estallar de emoción ante lo que sería mi primera visión de tal cetáceo. Pero con cámara en mano y según fueron transcurriendo los segundos y luego los minutos, mi rostro dibujaría la mayor de las decepciones. Las ballenas se me seguían resistiendo en este viaje. Me fui antes de que llegasen a Argentina y tarde a Colombia y Ecuador. Me tuve que conformar con la compañía siempre fiel y divertida de las toninas (de la familia de los delfines). En aquel momento que la ballena se me escapaba, hacía 6º de temperatura y la ola estaba pegando por la aleta estribor. El viento entraba a 12 nudos por la cuadra a estribor y la mar estaba rizada y yo frustrado.

El arrebato.
Salir de Chile desde el confín que representa Caleta Tortel, me supuso una desesperación y una demora de tres días por la ausencia de transporte frecuente (público y privado). Afortunadamente el reencuentro con la Carretera Austral merece la pena por la belleza escénica.

Carretera-Austral

Al cruzar la frontera con Argentina tras haber hecho dedo, decidí en un arrebato de inconsciencia bajar una vez más hacia el sur por la famosa Ruta 40 que desciende por una vía de tierra paralela a la cordillera de los Andes (y paralela a la Carretera Austral en Chile).

ruta-40

Más mítica que interesante pues bajo mi punto de vista, lo interesante debe estar tierra adentro en esas estancias ganaderas donde habitan gentes aisladas y alejadas de todo y de todos y a merced de los rigores de una climatología inadmisible. Aunque no logré los objetivos que perseguía (realización de un reportaje fotográfico) en El Chaltén conocí a Caro, una amiga que conocí, como a Fernando y Patricia, en un foro sobre viajes. En pocas horas nos tuvimos que poner al día de su reciente viaje por el continente y del mío. 24 añitos, le sobre entusiasmo.

El momento
Recién llegado de nuevo a Buenos Aires para una estancia de a penas de dos días. Y aquí también llueve débilmente. Y relampaguea. 3:49 de la madrugada.
Mañana tengo dos reuniones. Son dos opciones de futuro profesional. Y mientras yo decido mirar hacia delante, a mis espaldas, un sofá cama me espera desde hace ya un par de horas. En la habitación principal, contigua a este salón, espero que duerma y descanse Silvia. La encontré mal. Recreándose en el pasado. En ese tipo de miseria de la que tanto cuesta salir. Lo llamamos 'problemas de amor'. Durante la extensa sobremesa que acompañó a la cena que preparé; y mientras la escuchaba, la observaba… me vi en ella en un tiempo ya pasado simple para mí. Y lo sé. Sé que nada consuela más que ser escuchado. Que nada duele más que le hagan a uno ver la dura realidad. Que nada extraña más que verse uno mismo así, hecho una mierda, sin esperanza alguna. Nada en estos momentos de duelo y miseria sana. Solo un tiempo (de empeño) será necesario. Silvia, como todo el mundo que quiere, todo pasa. Incluso el (des-)amor.

En Buenos Aires a 30 de marzo de 2007.

lunes, 12 de marzo de 2007

nuestro hombre esposado (idiosincrasia chilena)

frontera Bolivia-chile

Tras un soleado e impresionante recorrido por el territorio que ocupa la frontera entre Bolivia y Chile, nuestro hombre, el de los latidos de una huella, llegaba después de un año de nuevo al norte chileno. Otra vez Chile. Llegaba cansado por las pocas horas de sueño cubiertas pero con energía suficiente como para afrontar el descenso del país de norte a sur, de San Pedro de Atacama a Punta Arenas. Calama tiene el honor de ser según los propios chilenos, la ciudad más fea del país. Quizá por eso el destino la compensa con uno de los mejores niveles de vida gracias a los ingresos que llegan de los trabajos en las minas de cobre cercanas a la ciudad. El destino es a veces benévolo con las desdichas. Por las calles de Calama y en compañía de un joven estudiante de Sociología de camino también hacia Santiago, empezó a deambular como de si de una peonza se tratase.
Nadie a los que preguntaban conseguía decirles con certeza la ubicación de las terminales de los autobuses a la capital. Tanta incompetencia empezaba a dinamitar la paciencia de nuestro hombre; algo empezaba a corroerlo por dentro mientras iba de un lado hacia otro. Y es que en Chile cada compañía tiene su propia terminal. Idiosincrasia chilena. Una vez en las oficinas de la compañía Pullman Tour en el Mall Calama, eligió de las tres ventanillas de venta de pasajes la del centro y no tanto por el escote generoso de la vendedora sino por ser la única ventanilla que dispensaba billetes con pago con tarjeta. Delante de él, un hombre elegante era atendido con tristeza y desgana por la mujer escote. Era 'cuestión de escasos minutos' pensó con lógica. Y el tiempo empezó se fue más allá de la lógica. Comprobó con extrañeza que aquel hombre, no dejaba de comprar pasaje tras pasaje. Paciencia, se exigió. Al fin al cabo, está en su derecho de comprar cuantos billetes quiera. Transcurridos diez minutos, se acercó a la vendedora de la izquierda que lucía una prenda de la lana con cuello alto que contrastaba con el calor y el escote generoso que lucía su triste compañera de al lado.
- Por favor, ¿no puedes atenderme ahora que tu compañera no está usando el terminal de tarjetas?
- No estoy autorizada para ello, señor- le esgrimió mientras buscaba en su bolso cualquier cosa y que no era la simpatía que le faltaba.

viaje autobús

Y volvió a esperar detrás del hombre que compraba pasajes por todo el país en la única ventanilla que lucía el cartel de 'pagos con tarjeta'. Mientras tanto las otras dos vendedoras se cruzaban de brazos a la espera de clientes. A los quince minutos empezó a dar vueltas. A los veinte a resoplar con intención de ser oído. A los veinticinco, y a tan solo quince minutos para que saliera el bus, su cabreo explotó ante tanta incompetencia.
- Por favor, ¿me puedes dar el libro de reclamación? La del cuello alto de lana quiso frenar su intención pero cuando se fijó en su cara de enfado, desistió del intento y le ofreció el libro de manera inmediata. Se apostó sobre el mostrador a la izquierda del hombre elegante para escribir la queja. En su vida redactó tan mal. El enojo pudo con su arte. Y mientras escribía sin sentido, ocurrió lo que jamás tenía que haber sucedido. El hombre elegante sacó de su bolsillo un enorme taco de dinero que puso sobre el mostrador de la vendedora con escote que atendía solo 'pagos con tarjeta'. Y allí, en aquel momento nuestro hombre explotó y no dejó a nadie sin su recriminación. Todos callaron como putas; la del cuello alto de lana, la del escote y el hombre tan elegante como imbécil. Y aún no había terminado de decir todo lo que pensaba cuando la del cuello alto que anteriormente se había negado a darle el billete por no estar autorizada, le ofreció hacerle -ahora sí- el billete. Al marcharse sintió respirar a las tres taquilleras mientras se miraban unas a otras.

Calama

Con una botella de agua bajo el brazo, la mochila de mano sobre el hombro izquierdo y el enfado sobre su aureola, nuestro hombre se subió al autobús y se sentó en su asiento 32, como siempre pasillo de la izquierda. Pronto empezó a ahogarse por el excesivo calor que media hora después justificó su queja ante un insípido azafato reclamándole el aire acondicionado. 'Señor el aire está en marcha pero ocurre que el autobús estuvo todo el día bajo el sol y entonces se demorará un poco en alcanzar la temperatura adecuada', le respondió con ese acento metálico típico chileno. Una vez más y para no defraudarse a sí mismo, volvía a quejarse sobre el servicio a bordo en un autobús. Y pasó otra media hora y sus compañeros soportaban estoicamente en silencio el calor hasta que una joven situada dos asientos delante de él, se volvió a quejar al azafato. Cuando se marchó, le preguntó sobre la respuesta que la había dado. 'Dice que hay que esperar a llegar hasta la próxima parada en Antofagasta para apagar el motor y encender el aire'. Era la respuesta que menos esperaba, la que menos le calmaba y la que terminó por encenderlo de nuevo. Se sentía engañado por el azafato pues la causa del calor no era la exposición al sol del vehículo y además no estaba dispuesto a esperar tres horas más hasta la siguiente parada por el aire acondicionado. Se calzó con la rapidez con la que sus demonios le incitaron. Y allí se lanzó a por el azafato. En castellano de España, le amenazó que fuese la última vez que lo engañaba y que o encendían el aire de manera inmediata o a llegar a Antofagasta pondría una queja. El azafato insípido pareció no inmutarse pero no había llegado de vuelta a su asiento cuando nuestro hombre sintió disminuir la velocidad y segundos después el autobús se detendría, se apagaría el motor y al reiniciarlo el aire frío empezó a agradecerse. Lo sintió como una victoria. Minutos después el azafato se paseaba por el pasillo comprobando el funcionamiento del aire. A la altura de nuestro hombre, se acercó a él y le preguntó:
- ¿Todo bien Señor? Lamentablemente hemos tenido un problema con la televisión y no vamos a poder ver ninguna película.
Optó por no inmutarse a pesar de que 20 horas de autobús sin el entretenimiento del cine no le agradaba. Y siguió leyendo a García Márquez.
Antofagasta no es mucho más bonita que Calama. Cómo ésta, los salarios de la minería contribuyen a un mejor bienestar. Observaba la (sin-)vida en las calles cuando al doblar una esquina, el autobús le mostró el mar tranquilo y un carguero esperando su turno frente al muelle. Como en otras ocasiones, la ciudad lo recibió en tonos tristes. El cielo encapotado de un gris plomizo. El color ocre pálido de la tierra árida del que apenas resaltaban las casas de colores sobre ella erigidas. Sobre el paseo marítimo, los más jóvenes se divertían con el monopatín y los menos jóvenes, paseaban plácidamente sin sol. De repente le impactó una pintada desesperada sobre el muro del malecón y que en letras mayúsculas quizá para dar mayor énfasis expresaba un 'Nelson Álvarez te amo de verdad. Por favor'; desgarrador, conmovedor. A las afueras de la ciudad y a la altura de un campo de golf todo él sobre tierra desértica, el cielo dejaba atrás la gran nube gris e iluminaba de nuevo las páginas del libro. Poco tiempo después y al mismo tiempo que empezó a sonar por la radio George Michael, dos asientos atrás, en la última fila, un hombre de bigote exuberante recién subido al autobús, empezaba a roncar sin piedad. Y no dejaría de hacerlo hasta bajarse poco antes de llegar a Santiago, dieciséis horas después.
Con los auriculares de la música funcionando y con los últimos vestigios de luz natural, y mientras leía la página 208 de 'El amor en los tiempos del cólera', le sobresaltó por su cercanía la siguiente lectura: 'La viuda de Nazaret no faltó nunca a las citas ocasionales con Florentino Ariza, ni aun en sus tiempos más atareados, y siempre fue sin pretensiones de amar ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera como el amor, pero sin los problemas del amor'.
Ya apoderado el día por la noche, el insípido azafato pasó repartiendo un insípido sandwich. 'Gran Salame Express' se llamaba (el sandwinch); 'rico sándwich en pan frica, relleno con salame ahumado, queso mantecoso y un suave queso crema' y envasado con atmósfera modificada (¿?). Era el primer bocado que se metía en el día después del desayuno a más de cuatro mil metros de altura y no era ocasión de tener presente sus fobias al queso. Devoró el insípido sándwich.
Y después de la (gran) cena, inició el ritual de siempre listo para dormir. Guardó sus gafas. Se puso los tapones. Improvisó con el forro polar más grueso una almohada. Se colocó el gorro del altiplano que le regaló su amiga Gracia. Echó hacia atrás el asiento y cuando intentaba acomodarse sobre él, notó las rodillas de otra persona sobre su espalda. Se incorporó y se volvió hacia atrás. Era el azafato que descansaba plácidamente justo detrás de él. Optó por dejarlo en paz. Y se reacomodó de nuevo sobre su asiento y entre las rodillas del azafato, se durmió. No tengo constancia con qué o con quién soñaría pero sé que esa noche nuestro hombre volvió a babear sobre su hombro izquierdo.
La llegada a Santiago le supo a familiar. Sin tiempo para saludar a los conocidos pensó dedicar las escasas horas en la capital a la espera del bus a Osorno para ducharse (después de dos días sin conseguirlo) y a fotografiar el atardecer sobre la Alameda. Al final, veleidades del destino, solo consiguió lograr lo más importante, la ducha. Y también consiguió enojarse por los precios. La ducha ('ducha ejecutiva') rezaba el letrero; 5€. Una botella de agua de medio litro, casi un euro. El guarda equipajes, cerca de 3€. 'Cobráis más que en Europa', se quejó sin que apenas el joven que lo atendió le mirase a los ojos de indignación.

Santiago

Ya en el autobús y de noche, quiso dormir pronto. Agarró el almohadón antes que el azafato pasase ofreciéndolo y comprobó que no era lo suficiente grueso como para serle útil. Con todo su aparataje de dormir intentaba conciliar el sueño cuando lo agitaron. 'Disculpe Señor. Su billete por favor'. Era el azafato, un joven delgado y alto de apenas unos veinte años, bien peinado, de impecable presencia pero de formas por formar. Es costumbre en los servicios de autobús de Chile solicitar el nombre y un teléfono de contacto para en caso de accidente. Nuestro hombre se irá de Chile sin entender por qué no realizan ese trámite antes de subir al autobús. Y después de facilitar los datos exigidos, intentó recuperar el hilo de su dormir. Y lo había logrado hasta que lo volvieron agitar. Cómo pudo coordinó sus torpes y dormidos movimientos para quitarse el antifaz de sus ojos. Era el propietario del asiento de al lado que con un gesto le pidió pasar. Y así hizo. Nuestro hombre se apoderó de la parte más cómoda del reposabrazos intermedio por el que siempre hay que estar dispuesto a batallar. Para cuando el recién llegado se ubicó, se encontró con el terreno ocupado. Y se volvió a dormir hasta la mañana siguiente en que el azafato de formas por formar lo despertó cuando fue abrir las mismas cortinas que la noche anterior él mismo había cerrado. El azafato cumplía fielmente uno de los rituales más estúpidos que se les ordena en los autobuses chilenos. Por la noche, ellos corren las cortinas y por la mañana las abren de tal forma que si estás plácidamente durmiendo, la luz del día que el azafato de turno ha permitido pasar, te despertará anunciando que tu hora de dormir ha llegado a su fin. Típico 'servilismo' chileno.
El autobús de Osorno a Bariloche, un Mercedes O404 carrozado por Irízar, aún conservaba los colores que atestiguaban el efímero y calamitoso paso de la compañía asturiana ALSA por Chile. El azafato de turno de unos cincuenta años y con ganas de agradar y con gran sentido del servicio, se empecinaba en asumir el rol también de policía de aduana. En un autobús de mayoría de turistas extranjeros, aquel azafato se dedicaba a preguntar por el origen, destino y motivo del viaje. 'Good morning. Your passport, please?', balbuceó en un inglés voluntarioso ante la presencia de nuestro hombre al que tan poco agrada le consideren anglosajón. Éste con calculada parsimonia dejó señalada la página que leía en esos momentos del libro de García Márquez, buscó en uno de los bolsillos el pasaporte y se lo entregó al azafato con vocación de servicio. 'Ah, pero si es Ud. español' se expresó con su acento de chileno metálico. 'Ud. viaja mucho amigo', observó mientras ojeaba por encima los sellos de mi pasaporte. Y nuestro hombre se limitó a escuchar.
Ya en el lado argentino, se sintió diferente, suelto y empezó a divertirse. Bromeó con la policía de aduanas sobre los temas de siempre; fútbol, Maradona y mujeres, no necesariamente en ese orden. 'Pero si a vosotros os gustan las españolas con ese acento y a nosotros las argentinas con su acento, ¿qué hacemos que no oficializamos ese 'intercambio cultural'? Hasta el oficial de mayor rango, apoyó la propuesta.
Las exigencias del guión previsto para el viaje, obligaba pasar por alto Bariloche, una zona por la que en su día disfrutó y que le recordó a Vera.
En El Bolsón, a dos horas de Bariloche y por un recorrido espectacular, esperaba encontrar a Pedro Díaz Pérez, un aventurero asturiano amigo de andanzas de Manuel, aquel asturiano de Belo Horizonte en Brasil. Con apenas el nombre, intentó localizarlo a través de la Oficina de Turismo de la localidad. Ésta se puso en contacto con la policía, y ésta con el vecino más conocido del lugar donde debía vivir Pedro. 'Se volvió a España hace unos años' le comentaron. Y ahí se esfumó su ilusión por un nuevo encuentro con una persona interesante, de vida grande y experiencia inmensa.

El Bolsón

A la desilusión por no encontrar a Pedro, se le unió el susto de muerte que se llevó al asumir el extravío de su agenda, la misma que le hizo llegar Belén, una antigua compañera de trabajo.
Afortunadamente para él, encontró la mejor predisposición de cuantas personas pudieran tener algo que ver con su rescate. Al día siguiente, agradecía en persona a Miguel, Gerente de la Terminal de buses de Esquel, la devolución de la agenda que había dejado olvidado en un autobús.
Al día siguiente salía en un autobús hacia Río Gallegos. 27 horas de viaje. Al subir al autobús lo hacía con el grato recuerdo de la conversación mantenida con Olga y Tito un matrimonio de jubilados de la Córdoba argentina con un espíritu inquieto sobresaliente. Subía también en una bolsa del supermercado La Anónima, dos recipientes de plástico de espaguetis con carne picada que se había cocinado al medio día y que sería su comida por dos días. Y viajaba como compañero de una gallega, Marta, de un donostiarra, Jaime y de un ecuatoriano, Carlos, y al que rindió cuanta pleitesía hizo falta al verle lucir una camiseta de Toledo, la ciudad natal de nuestro hombre. El viaje hasta Río Gallegos resultó cómodo en un autobús argentino confortable, con cine a bordo y sin ningún azafato. El viaje paralelo a la costa atlántica transcurrió por una inmensa extensión plana típica de la estepa patagónica. Las rectas de kilómetros, poblaciones habitadas considerablemente distanciadas entre sí, el viento campando a sus anchas… El sol, las nubes y el agua de estas se turnaron en perfecta sincronización.
Mientras el paisaje y la climatología se sucedían, las aventuras del triángulo amoroso de Florentino Ariza, Fermina Daza y el doctor Juvenal Urbino estaban llegando a su fin. Aquel libro de 'El amor en los tiempo del cólera' que compró fotocopiado en formato libro por menos de 2€ en Santa Cruz de Bolivia había sido sugerido por el erudito hermano menor de una amante de mentira de meses pasados. Fue aquella noche en que esperando a cenar con la madre, el hermano y ella, nuestro hombre se sentó a conversar con el joven estudiante de medicina que a la vez leía El Quijote. En una pequeña libreta el joven apuntaba las palabras que desconocía; (hábito) atávico, (piel) lampiña, (maneras) lánguidas, olor (montuno)… Sintió la curiosidad por leer un poco del libro. Y lo que leyó le gustó. Y en vista de que había visto en Cartagena de Indias a Bardem rodar la película basada en esa novela, decidió afrontar la lectura del libro antes de ver el film. Aquella noche después de cenar terminaría aceptando la invitación de su anfitriona de quedarse a dormir. Llegado el momento y mientras la madre recogía la mesa, el hermano leía cualquier libro, el perro iba de un lado a otro sin ser atendido y el noticiero de medianoche informaba de los sucesos del día en el mundo, ella, la amante que primero fue de verdad y terminó siendo de mentira, lo acompañó hasta su habitación, la mejor de la casa. Era una habitación muy pequeña con baño propio. Sin lugar a dudas, el espacio era de ella. Olía a ella. La única ventana comunicaba con el pasillo de la casa. Sobre la cómoda, se desplegaba las armas de toda una mujer. La cama era de matrimonio. Y sobre la cama, ella lo tumbó. Le besó y luego se besaron. Hacía tiempo que nuestro hombre no se encontraba con unos besos así, tan familiares como con los que aprendió a besar. Eran besos a la medida. Ella se incorporó y huyendo quizá de una mirada excesivamente turbadora, retiró la vista de él mientras empezó primero por quitarle el cinturón. Luego le desabrochó el botón del pantalón. Y la cremallera se abrió. Y el pantalón desapareció. Y los calzoncillos inmediatamente después. Y a partir entonces, ella, la amante de mentira se dedicó por completo a complacerlo con una mezcla excelente de juventud y experta hacedora en el arte del amor. Y en el momento en que el noticiero empezó a dar cuenta de los efectos del fenómeno climatológico del 'niño', en que el perro esperaba a la puerta de la mejor habitación de la casa, en que el hermano buscaba en el diccionario la palabra 'esgarrar' y la madre recogía los platos, nuestro hombre se tapaba la boca a doble mano mientras se explotaba en emociones.

amigos Río Gallegos

A escasas dos horas para llegar a Río Gallegos, Florentino Ariza y Fermina Daza ya viajaban juntos por el río Magdalena. Y sobre él, vio de nuevo a Patricia camino de Mompox. El final de la novela se acercaba para lo que recreó el escenario pertinente. El sol quiso ser testigo de excepción y acompañó hasta que García Márquez escribió el 'FIN'. La luz del atardecer se extendía sobre la estepa patagónica sin perfil sobre el horizonte. El silencio en el autobús se hizo presente.
Eligió la canción adecuada de su MP3. Subió ligeramente el volumen y afrontó las últimas páginas. Poco a poco lo vi acrecentar una sonrisa que tímidamente fue tomando forma. Florentino Ariza y Fermina Daza no querían que aquel viaje finalizase después de haberse reencontrado después de tanto tiempo huyéndose y deseándose.
'- Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir con este ir y venir del carajo? –le preguntó (el capitán del barco).
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
- Toda la vida- dijo.
Y mientras leía la palabra 'FIN', cerró el libro con un agradecido 'excelente'.
A la hora de llegar a Río Gallegos, el ecuatoriano, la gallega, el vasco y nuestro hombre (asturiano de Toledo), disfrutaban de una cordero patagónico a la estaca mientras fuera en la calle ligeramente llovía un frío intenso. Con la garganta molestando y con el respirar congestionado, aquella noche al sur le costaría dormir. Aquel viernes 8 de marzo, día de la Mujer, nuestro hombre no lo olvidará jamás. Aunque pareció costarle, el sol terminó por salir y lo acompañó hasta la Terminal a comprar el último asiento disponible hacia Punta Arenas. Pasó como siempre sin problemas la aduana argentina aunque esta vez, un ligero malestar general que le provocaba un ligero dolor de cabeza no le animó a liderar ninguna conversación entretenida. Al llegar a la aduana chilena, recogió del maletero su mochila de 32 kilos y la pasó adentro de la aduana. A pesar del verano, la calefacción calentaba el ambiente frío del lugar. Se colocó al final de la cola y no le importó que una pareja de argentinos se le colasen. Tampoco le molestó que esa misma pareja no entendiesen al conductor del autobús cuando les pidió que antes que ellos debían pasar todos los pasajeros del autobús. Nuestro hombre parecía tranquilo, calmado, al margen de todo. Estaba congestionado.

distancias Punta Arenas

Parecía un corderito degollado, sin pena ni gloria hasta que aquel oficial de aduana le apartó con la mano y de mal forma su pasaporte y el papel de control que terminaba de rellenar junto a la exigua ventanilla de cristal que separaba al ordeno y mando de los sumisos. Y el corderito se convirtió tigre. Por el hueco de la ventanilla y señalándole al policía con la punta del bolígrafo, le advirtió que fuese la última vez que le trataba con esa desconsideración. El exiguo bigote que lucía el policía –como los pelos que no tenía en la cabeza- se le puso de punta por la tensión mientras más de cincuenta personas –la mayoría argentinos- observaban los 'cojones del gallego'. Cojones que le volvieron a perder cuando se negó a irse al final de la cola como le había mandado el oficial. Y soltó un impersonal 'me cago en la puta' que el policía hizo suyo y no seguro de ello, le obligó a repetir a nuestro hombre que para asegurarse que esta vez lo oyese, se lo repitió por la ventanilla. No había terminado de pronunciarlo cuando el policía se levantó de su silla, salió del mostrador y mientras se dirigía hacia él desenfundaba las esposas hasta colocárselas sin resistencia. Y lo llevó a un cuarto y el policía desapareció con su bigote erizado. Nuestro hombre se sentó y lejos de alterarse, se tranquilizó. 'Lo que me faltaba' se pensó. Durante los cinco minutos siguientes no dejó de verse las manos con las esposas. Cuando vio pasar a un carabinero con uno de esos típicos gorros de orejeras rusos, se levantó y le exigió una explicación. De inmediato apareció el policía y lo encaminó de nuevo a la habitación y cerrando tras él la puerta trataron de dialogar aunque las acusaciones mutuas de atropello lo impidieron con mayor rapidez. No tardó ni un segundo en esgrimir su condición de periodista. Era esta una condición que asumió desde el principio de su viaje especificando en el apartado de 'profesión: periodista'. Ante cualquier problema, la presencia de un periodista siempre es molesta aunque a veces puede originarse el efecto contrario. Nuestro hombre fue el primero en pedir disculpas pero no sin antes dejar claro que la expresión no iba dirigida contra él y también fue el primero en extender la mano una vez que el policía estampó el sello de entrada. 'Que tenga buen viaje' dijo el policía con los pelos de su bigote ya en posición natural. Mientras se iba al autobús donde le esperaría la complicidad de sus compañeros de viaje, el chofer le sugirió a nuestro hombre que pusiera una denuncia en la comisaría de Punta Arenas. Pero prefirió dejarlo pasar.

Punta Arenas

Y en Punta Arenas, un lugar por él ya conocido, le esperaba el mismo frío que aporta la ausencia de sol por estas latitudes. Eligió la primera oferta de alojamiento que le ofrecieron nada más bajar del autobús. Deshizo la maleta. Y tomó una ducha con el gel de baño de 'Agua de Loewe' que le había regalado su amiga Gracia por Reyes. Y bien aseado se acostó libre de esposas y con el sonido de la intensa lluvia del exterior como fondo de su sueño y sus sueños. Punta Arenas significó el reencuentro con los amigos asturianos sobre los que publicó en 'La Nueva España' un reportaje el año pasado. El reencuentro con Virginia, Manuel, Adriana y resto de familia fue en torno a una mesa tan grande como el cariño y la atención que recibió. La excusa saldar una deuda con el arroz con leche y las casadielles de Virginia y Adriana. Nuestro hombre quedó agradecido con los Mallada, grandes asturianos y mejor personas. Y el reencuentro con Víctor y Ana María emotivo como el recibimiento con el himno de Asturias con el que fue agasajado. A falta de sidra, el vino chileno sirvió de estimulante. Grandes anfitriones, mezcla perfecta magallánica-asturiana, amigos para conservar. Y con un 'nos vemos en mayo' se despidió llevando consigo un abrigo de Víctor, unas latas de sardinas, otras tantas de pimientos de piquillo rellenos de bacalao y otras más de fabada. En deuda eterna. Y después de compensar con tanto cariño los abusos de autoridad, nuestro hombre duerme ahora plácidamente después de haber puesto orden en su mochila de 32 kilos. Para cuando despierte, nuestro hombre se embarcará en la última gran aventura de su viaje y como el destino es caprichoso éste habrá determinado que la misma sea la más increíble, la más original, la más apasionante… y la más fría. Así es nuestro hombre y así su viaje.

En Punta Arenas a 11 de marzo de 2007, en el grado 53-54 latitud sur aproximadamente, a orillas del Estrecho de Magallanes en la Tierra del Fuego, a 12.404 kilómetros de su casa y a punto de caerse del mapamundi.

miércoles, 7 de marzo de 2007

y entre el carnaval y la cuaresma llegó Daniel

La noticia que llegaba de mi hermano Javi

Hoy día 26 de febrero a las 5:00 a.m. en Toledo ha nacido tu sobrino Daniel.

Todo fue muy rápido. A las 3:00 de la mañana tu hermano Iñaki y tu cuñada Tere entraban por urgencias del Hospital de Toledo. Y sólo dos horas después, sin tiempo para recibir la epidural ni ningún otro paliativo del dolor, Daniel asomaba su cabeza al exterior. 39 semanas de vida y existencia, cinco horas de oficialidad.

Cuando tenga fotos te las envío. Dicen los que han engendrado a la criatura que es como Paula, que es el mismo molde: en tamaño y en peso (mínima desviación).

Enhorabuena tío. Esperamos que vengas pronto para ver con tus propios ojos que "la familia" ha crecido con dos "filios" en un año, desde tu ausencia.

Y mi padre concretaba:

En el pasillo, estaba Iñaki y Daniel, hemos sido presentados formalmente y enseguida le ha cedido a los brazos de mamá. Yo como siempre, me he limitado a admirarle y a pasarle el oportuno control de calidad, que ha sido superado con creces. Responde a nuestra morfología, por lo que es de esperar que no desdeñe el sello y la cuna.

Daniel

Daniel

Bienvenido Daniel a esta familia que no deja de crecer. Y como me ocurrió con tus primos Paula, Lucía y Andrés, debo ante todo pedirte disculpas por mi ausencia en tan fecha tan destacada pero menesteres menos interesantes pero ineludibles, me tienen ocupado al otro lado del océano. Permíteme que aproveche estas palabras que te dirijo para disculparme ante tu madre pues como en el caso de tu hermana, mis distancias no me han permitido conocerla embarazada. Apenas puedo imaginármela con el bombo en su figura habitual estilizada. Espero que exista una tercera ocasión y redimir mi agravio.

Tu padre en cuanto pudo me hizo llegar tus primeras fotos. En una de ellas apareces aferrado al pecho de tu madre con dedicación, prestancia y elegancia. Sin lugar a dudas, se nota que eres un Jiménez-Gómez.

Espero que la complicidad que genere entre ambos estas primeras palabras, me permita oírte desde el otro lado del teléfono cada vez que llame interesándome por ti. No copies el modelo esquivo de tu hermana que aún desconoce lo importante que es responder con el mismo cariño que le procesan a uno. En su caso, espero que sea cuestión de tiempo y no de distancia. Aunque no hables o no entienda tus balbuceos o no sepas que preguntarme, dime al menos un ‘hola tío Toñín’.

Aprovecha la fortuna de llegar a una familia que te aportará el cariño necesario para vivir. Aprovecha las condiciones favorables que ya estás encontrándote para ponerlas al servicio de los que te rodean de cerca o están más allá. Aprovecha la presencia de tus abuelos y abuelas para darles en vida lo mejor de ti y puedan intuir la categoría que alcanzará su descendencia.

Y aunque nos separe cierta distancia física, de edad y parentesco, cuenta conmigo para lo que necesites. Pocas cosas me pueden hacer más feliz que contar con la complicidad de los hijos de mis hermanos.

Tienes desde ya una alta responsabilidad ante nosotros, tu familia; hacernos sentir orgulloso con tu presencia, tus actos, tus objetivos…

Ojala llegues a leer algún día con sentido estas palabras y puedas convencerte de tener a un tío que desde el primer momento te quiso con pasión y que compartió entre los suyos la felicidad de tu nacimiento. Hasta que llegue ese momento, que los hechos suplan a estas palabras.

Y ahora para despedirme déjame recostarme a tu lado para así poder apreciar tu olor inmaculado, acompañar tu respirar tranquilo, acariciar tu piel virgen y besar tu frente en acto manifiesto de devoción y admiración.

Daniel, que tu llegada nos permita ahora y siempre disfrutar de una radiante, admirable y sobre todo, responsable compañía. Bienvenido querido sobrino. Tu tío Toñín.

La Paz

El viaje

En La Paz establecí mi campo de operaciones. De la mano de David, un concejal de la capital, pude conocer parte del municipio. Especial atención merece El Alto, un lugar sobre el altiplano andino y sobre el que se puede apreciar en extraordinaria visión La Paz. Todas las salidas hacia el exterior de La Paz, exige subir a El Alto y atravesarlo por sus calles congestionadas de gente y microbuses. Sin lugar a dudas, El Alto es un lugar único.

El Alto

El Carnaval de Oruro es uno de los pocos carnavales del mundo que están declarados Patrimonio de la Humanidad. Y allí me fui a falta del Carnaval de Río. Afortunadamente, hizo un día estupendo de sol y temperatura que me permitió disfrutar de la fotografía. A pesar que no me había preocupado de conseguir credencial, me paseé como quise y por donde quise. Nunca olvidaré la compañía y sobre todo, la manta de aquellas dos señoras que me permitieron encontrar el calor en la fría noche mientras transcurría lentamente la madrugada a la espera del alba, uno de los momentos estelares del carnaval de Oruro.

Carnaval Oruro

Llegar hasta Sorata merece la pena. A unas cuatro horas de La Paz, este encantador pueblo se encuentra en uno de esos preciosos y típicos valles de la cordillera andina donde se aprovecha hasta el último rincón para sembrar.

Sorata

A Coroico llegué en bicicleta tras un descenso de 60 kilómetros desde los 4700 metros de altura que nos llevaría a descender 3500 metros de desnivel por la denominada carretera de la muerte, donde existen tramos de 400 metros de caída. Hasta hace tres meses, éste temible camino de tierra era la única vía posible para llegar a Coroico. Hasta entonces, cada año había una media de 120 muertes a causa de las caídas hacia el abismo. En la actualidad esta carretera está abierta a aquellos que se atreven a desafiarla en bicicleta. Merece la pena pues sin prácticamente esfuerzo alguno debido a que todo es prácticamente descenso, se puede apreciar la transición del altiplano a una zona de yungas (especie de selva) donde es muy propicio el cultivo de la hoja de coca.

Death road in Bolivia

Más que por el interés arqueológico, me llegué a las ruinas de Tiwanako por numerosos consejos. Afortunadamente, encontré en la fotografía una buena actividad de recreación.

Tiwanaku

Después de más de una semana en La Paz, abandoné la capital ya en unas condiciones mucho más normales. Tras los días festivos por el carnaval donde el país parece emborracharse colectivamente lo que provoca todo tipo de escenas y excesos, La Paz recuperó a mis ojos la limpieza, cierto orden y las aceras para caminar.

Y tras veinte horas por tramos de carretera sin asfaltar y peligrosos al borde de precipicios, llegué al sur de Bolivia a Tarija. Es Tarija a mi gusto, la ciudad más tranquila de Bolivia, el único lugar donde podría vivir en Bolivia.

Tarija

Y hasta allí me llegué motivado por conocer el lugar donde mi amigo David había estado por unos meses realizando tareas de apoyo a una ONG local que trabaja en la educación y fortalecimiento de las zonas rurales campesinas. En compañía de unas hermanas religiosas y su equipo de trabajo pude conocer un poco la realidad del entorno, el trabajo que llevan a cabo y los paisajes que les rodean. Uno de los principales motivos por los que ellos esperaban con expectación mi visita era para que les asesorase con un proyecto de ecoturismo que quieren implantar en la zona. La verdad es que pude aportar mucho más de lo que pensaba y noté en ellos cierto alivio en mis sugerencias ya que les hará modificar sus ideas iniciales aún estando a tiempo de hacerlo. Me sentí útil, muy útil y eso me hizo sentirme bien. Pero a la vez, el comprobar el compromiso y la vida entregada de estas hermanas y su gente hacia los campesinos, me hizo sentir un miserable.

Cetha

Y como última etapa de mi paso por Bolivia, el salar de Uyuni. Muchos me habían avisado que eran unos paisajes increíbles y así también lo sentí yo. Confirmo lo que pensaba con anterioridad a conocer esta zona del sur de Bolivia. Para mi, el mejor recorrido que se puede hacer por este continente coincide con la extensión que ocupa el norte chileno (desierto de Atacama y altiplano), norte argentino (provincias de Jujuy, Salta y Tucumán) y el salar de Uyuni en el sur boliviano. En un 4x4 y en compañía de cuatro franceses y un belga, pasamos tres días divertidos. Excelentes.

amigos salar


La cifra

Ya alcancé el número de 40.000 fotos realizadas.

El autobús

Era un autobús destartalado pero con cierto encanto. Yo era el único ‘gringito’. Una funda aterciopela de color granate típica de los sillones de los salones de la época del desarrollismo franquista, cubría los asientos, asientos que hacían notar sus muelles en cada bache. El pasillo estaba inundado de bultos de las cholitas (mujeres del altiplano). Ese pasillo parecía un florido jardín gracias a las telas multicolores con las que transportan independientemente productos de la tierra o a sus hijos. A mi lado junto a la ventana, un joven leía a media voz un libro sobre sindicalismo. En el ambiente la música de Alaska, un grupo peruano de cumbia chicha, me martirizaba con sus chirriantes y monótonos ritmos. Detesto este tipo de música que hace furor por el altiplano peruano y boliviano. Me quedé con ganas de oír esa música tradicional de la zona que tanto me gusta. Daban cobertura a la música unos viejos y aparatosos altavoces de colocación casera repartidos sin sentido por el interior del autobús. También en el ambiente, el hedor a rancio que yo catalogo como cultural y que se corresponde con unas deficientes condiciones de vida en que viven personas como mis compañeros de viaje había invadido el espacio.

Salar de Uyuni

Poco tiempo después y aprovechando el pago de un peaje (por carretera sin asfaltar), y como si de un grupo de elite se tratase, una docena de mujeres tomarían al asalto el pasillo del autobús armadas de todo tipo de productos. La primera, bandeja en mano, llegó gritando: ‘pancito de trigo, empanadas’. La de detrás, más gorda y con menos habilidad para sortear los bultos del pasillo, le acompaña al grito de ‘charque, pollito calentito… a dos pesitos’. Otra con voz más grave se fijó en mi y me intimidó con su cesta poniéndola a un palmo de mi nariz a la vez que me decía ‘joven, manzana, durazno, naranja pelada… ¿no le apetece nada, joven?. Detrás otra más llega orgullosa de su choclo y su quesillo. Afortunadamente pasó de largo. Y como si esa horda de vendedoras lo tuvieran todo bien ordenado, para el final habían colocado a una joven cholita ofreciendo con voz tímida ‘jugos, refresco, aguita…’. Inmediatamente desalojadas, un olor a pollito, a charque… se apoderó de la atmósfera ya de por sí viciada. Los comensales con la bolsa de comida entre las piernas, devoraban con la pasión evidente de quien al final de la noche recibe en boca el primer bocado del día. A mi derecha, al otro lado del pasillo una chola aymara terminaría su personal banquete chupándose las manos en acto que supongo de limpieza para finalmente secárselas con su falda estampada. Tras ella, y como de un acto reflejo se tratase, el resto de mujeres le acompañarían en el gesto.

Mientras intentaba concentrarme de nuevo tras el asalto sufrido por aquel grupo de elite en la lectura del libro que me acompaña desde hace unas semanas ‘El amor en los tiempo del cólera’ de García Márquez, de repente la música dejó de sonar y la única televisión existente en el autobús se encendió. Una película de Steven Seagal en versión original subtitulada pasó, como para mí, inadvertida para la totalidad de mis compañeros de viaje de origen indígena y tan alejados de ese tipo de productos tan occidentalizados.

Géiser Sol de Mañana

Para cuando los primeros deseos de orinar se hicieron conscientes, me percaté que el autobús no tenía baño. Durante la siguiente hora, me cercioré una y mil veces en proporción a mi incredulidad y necesidad. Enojado, extrañado, orinándome y saltando entre bultos, me dirigí hacia la parte del conductor. Abrí con todas mis fuerzas la puerta de su habitáculo y le conté lo que me acontecía. ‘No se preocupe amigo que paramos ahorita’.Y efectivamente, en cuanto pudo, inmovilizó el vehículo. ‘Mee junto a la rueda’ me indicó el ayudante mientras descendía del autobús. Hacía frío y viento y como pude me aproximé lo más que pude a la rueda trasera para así evitar que una ráfaga me echase encima mi propio orín. Me abrí bien de piernas pues yo soy de los de chorro corto y una fuente de alivio me hizo suspirar. Al suspiro le acompañó un escalofrío al sentir al calor que desprendía la rueda. Tardé lo mío. Una vez bien escurrido, me coloqué todo y me subí la bragueta. ‘¿Satisfecho amigo?’, me dijo el atento conductor. Con la dignidad que pude, volví a mi asiento. Aquel pasillo de obstáculos, se convirtió para mi en una glamorosa pasarela por la atenta mirada que me dispensó la gente a mi paso; ‘el gringuito meón’ quise leer en sus pensamientos.

Poco después, en una de las miradas del paisaje a través de la ventana, observé a una señora junto a su ganado de vacas sentada sobre tierra embarrada. De las primera gotas de un prometedora intensa tormenta, se protegida con un plástico azul que apenas intuyo le serviría de resguardo.

Carnaval Oruro II

De repente el autobús destartalado pero con cierto encanto, se detendría por media hora a las puertas de un triste restaurante de carretera boliviana. Antes de descender y mientras guardaba el libro en la mochila y los auriculares, observé a través de la ventana a un hombre envejecido, de aspecto más descuidado del habitual por la zona, visiblemente mojado, inmóvil sobre aquella esquina, encorvado de tal forma que repartía a partes iguales el peso de su inestabilidad aparente, que se protegía de la lluvia sin techo alguno. Su mirada se dirigía hacia el autobús aunque estoy convencido que traspasaba el infinito.

Me dirigí a los baños y en vista de que el de hombres estaba inundado, decidí irme al de mujeres. Al salir, casi me llevo por delante a una cholita que me miró de reojo extrañada y asustada. Se dio medio vuelta tras de mi guardando entre ambos cierta distancia física y cultural. Decidí tomar un caldo caliente que me permitiese entrar en calor en plena puna andina, en pleno altiplano boliviano. Mientras esperaba por la sopa, me entretuve con ese tipo de servilletas que tanto me llaman la atención y que son propias de los comedores populares de la zona y que son de un papel con un grosor que hace imposible la limpieza. El caldo de pollo con quinua a 20 centavos de euro cubrió mis mejores perspectivas.

Carnaval Oruro I

A la espera de reiniciar el viaje, me aposte a un lado de la puerta del triste restaurante de tal forma que la lluvia ligera no me llegase. Muchos de mis compañeros de viaje optaron por permanecer en el interior. Algunos asomaban la cabeza por las ventanas del autobús para observar a los que permanecíamos resguardados a las puertas del restaurante. Mis compañeros de frente, hacían lo propio. Entre medias un grupo de perros desfilaba recibiendo la basura que desde del interior del autobús se votaba en plan basurero. A mi lado una occidentalizada cholita con jeans mal ajustados y zapatos negros de tacón y calcetines blancos, les lanzaba galletas saladas que los perros devoraban sin opción. Sorteando los charcos de agua y a pesar de la ligera lluvia, opté por buscar una buena perspectiva para inmortalizar la escena. En el intento fui descubierto por algunos de los protagonistas que rompieron la escena natural.

Al subir de nuevo al autobús el olor putrefacto casi me hace tropezar al aspirar. Una vez en mi sitio, aquel hombre que parecía olvidado, seguía en el mismo lugar, empapado, ausente… Me hubiera ido pensando que fuese una estatua si no hubiera sido porque cuando el motor del autobús se puso en marcha, giró levemente su cabeza y lanzó una leve mueca a su infinito. La lluvia se hizo más intensa y en el momento de reiniciar la marcha, la figura de aquel hombre impávido se me desfiguró debido a las gotas de agua que se extendieron por el cristal de la ventana del autobús. Y allí se quedó.



Aquel niño

Acababan de recogerme de la mesa los restos de los comensales anteriores y de paso había encargado unos ‘tallarines fritos con pollo’. ¿Tallarines fritos? Interpreté que lo que sería frito sería el pollo y no la pasta. Era un restaurante chino, la única opción posible a esas horas tardías de una noche bastante fría a más de cuatro mil metros de altura sobre el altiplano. A pesar de la hora, el restaurante estaba bastante concurrido. Todos los allí presente miraban de frente y con grandísima expectación la televisión a través de la cual pasaban una película en DVD sobre artes marciales y protagonistas orientales. La única mesa que permanecía sin mostrar interés por la televisión, estaba frente a mi. Era una familia que acababan de solicitar a la camarera que me había atendido la cuenta. Mientras les observaba, un chavalín de unos diez años, de aspecto demacrado y con cara lastimosa, se les acercó y señalando con el índice de su mano derecha hacia la mesa, obtuvo del padre de familia las sobras de unos de los platos. El chaval se giró y se aposentó en la mesa contigua a mi izquierda y mirando hacia la televisión. Y con el mismo tenedor con el que le habían hecho llegar aquel plato de pasta a medio acabar, empezó a comer sin perder ojo de las acrobacias y golpes de la película oriental. Aquel plato inmenso que me hicieron llegar de ‘tallarines fritos con pollo’ requirió toda mi atención y dedicación. Quizá por eso desconozco de donde aquel chavalín pudo haber conseguido un segundo plato de caridad y un refresco de naranja. Yo seguía disfrutando de aquella pasta aún sin estar seguro si eso era pollo u otra cosa. Por momentos pensé qué hacer si no podía finalizar con todo aquello. Descarté ofrecerle a mi compañero de al lado mis sobras. Apenas había tomado aquella decisión cuando se levantó de la mesa y pasando a mi lado inclinó su cabeza y se despidió de mi con un inesperado ‘que aproveche señor’ del que aún me estoy reponiendo.

Aquel comedor

Como en otras ocasiones, me acerqué aquel mercado en busca de comida ‘casera’ pero sobre todo de una comida a buen precio. A comedores populares como al de aquel mercado, acude la población local en un altísimo porcentaje. Era domingo y eran pocas las señoras que ofrecían sus guisos y fritangas en sus pequeños habitacáculos. Por la hora que era, el comedor comunitario no estaba lleno. El eco de las voces del comedor se expandía por el aquel vacío mercado dominical. Al objeto de conocer la oferta, me paseé con cierto reparo por delante de todos los puestos. La indecisión y la vergüenza de otro paseo cotilla, me obligó a quedarme en el último puesto. ¿Qué tenemos amiga?, le pregunté a la señora que hablaba con quien supongo sería su hija. ‘Pues ya no me queda mucho joven pero tengo un caldo de pollo y quinua, espaguetis con carne de res, tengo milanesa y pollo’, me respondió mientras me mostraba sobre la palma de su mano derecha la milanesa (filete empanado) y el pollo ya fritos y seguramente ya fríos. Me conformé con el caldo y con la escasa cantidad que aún quedaba de un guiso de carne (¿?) con salsa de tomate. De inmediato la joven me hizo llegar el plato sopero pero sin cuchara. Avisada del olvido, se fue al fregadero que estaba detrás del mostrador de comida, cogió una cuchara y con apenas un enjuague de manos, la consideró lista para usar. Cuando me la llevó y se volvió intenté limpiarla a escondidas con esas servilletas típicas por estas latitudes y que parecen de papel de folio y que son inútiles para el objetivo requerido. Mientras intentaba limpiar bien la cuchara, observé que el trozo de pollo que me había tocado en aquel caldo era una vez más, el cuello. ¡¡Maldito cuello!! Juraría que es el mismo trozo de cuello que me lleva tocando desde que inicié este viaje. Enojado por soportar la misma pieza y para evitar encontrármelo de nuevo, con disimulo lo tiré al suelo asegurándome que no destacaría respecto a los otros desperdicios por él repartidos. A pesar de ese problema de siempre, el caldo estaba bien bueno. Vinieron a molestarme en el placer las palomas que revoloteaban por encima y por debajo de las mesas aprovechando el paso libre que les facilitaba los numerosos cristales rotos de la parte lateral del edificio del mercado. Rápido pedí el segundo plato e inmediatamente después me levanté para saldar mi deuda con la señora que en esos momentos comía con las manos el mismo trozo de pechuga de pollo que minutos antes había extendido sobre su mano derecha y cuyos dedos ahora se afanaba en chupar para limpiarlos de grasa y así poder darme el dinero de vuelta. Y entre el eco y los vuelos rasantes de las palomas, logré salir de aquel dominical mercado.

El saludo

Entre el tumulto de gente que le rodeaba apenas pude confirmar su presencia. Cuando lo hice, bajé del edificio de la Prefectura donde me había colado entre embajadores y diplomáticos para sacar unas fotos del carnaval e intenté llegar hasta él. El cordón policial y de guardaespaldas me impidieron acercarme. Desde ese lugar, tuve la oportunidad de verlo más cerca; sonriente, amable, dialogante, accesible, humano… Una vez más, mi acento inconfundible de español, me ayudó. ‘Un español quiere pasar a saludarlo’, señaló un guardaespaldas a otro compañero por el micrófono que llevaba incorporado en su chaleco. Entre ambos se miraron y de inmediato el cordón humano se abrió para dejarme pasar y sin apenas reaccionar me encontré delante de él con el mismo gesto de accesibilidad y sin mostrar rasgo alguno de cansancio o incomodidad. ‘Hola. Buenas tardes. Soy español y es un orgullo poder saludarte. Te deseo el mejor de los éxitos para ti y para Bolivia’, le comenté con cierto nerviosismo. Y mientras levantaba su brazo derecho con descaro y desenfado para chocar mi mano y estrecharla entre las dos suyas se despidió con un ‘Muchas gracias. Espero que disfrutes del Carnaval y del país. Que te vaya bien’. Retrocedí un par de metros y le pedí una foto. Me saludó y me despedí con un sincero ‘Gracias Evo, gracias’.

Saludo de Evo Morales


En la frontera entre Bolivia y Chile a 5 de marzo de 2007.