El encuentro
Flanqueé la puerta de entrada del humilde aeropuerto de Ciudad Bolívar en su búsqueda. Pronto divisé entre el gentío su sobresaliente figura. Me sorprendió su pronunciado corte de pelo pero no tanto que viniese ya riéndose. Ignorando mi presencia me dirigí hacia él. Cuando entre el gentío nos vimos frente a frente dudé por más de un segundo si abalanzarme a sus brazos o los de la joven que le acompañaba. Al final me fundí en un abrazo con mi hermano Luismi. Después saludé a Andrehina.
Nueve meses sin ver a nadie de los míos, varios meses planificando e improvisando el viaje por Venezuela y mucha excitación por el encuentro durante todo el día previo que pasé en la carretera que separa Manaos en Brasil de Ciudad Bolívar ya en Venezuela.
El viaje
A las puertas del Parque Nacional de Canaima donde se encuentra el mayor salto de agua del mundo, el Salto del Ángel, y regada por el río Orinoco descansa Ciudad Bolívar. Andrehina, amiga de un amigo de mi hermano, nos dio la cobertura necesaria para que nuestra estancia fuese lo más grata posible. Ya solo con su espectacular presencia lo logró.
Tras un vuelo de una hora en avioneta entre piñas, cebollas, patatas…, tras varías horas interminables en una lancha incomodísima por el ‘Cañón del Diablo’ entre formaciones rocosas imponentes y una vegetación frondosa, y tras varias horas de insomnio en una noche en hamaca… llegamos a los pies del Salto del Ángel de 979 metros de altura. Lo que más agradecí de ese tour de dos noches y tres días fue comprobar la ilusión de mi hermano por el viaje.
Después de unos días conociendo el Parque Nacional de Mochima en la costa oriental con días de sol y amistades multinacionales en playas en entornos salvajes,
llegamos a Caracas.
Allí encontramos, a través también de mi hermano, nuestra familia adoptiva. More y Maru. Madre e hija nos atendieron de manera excepcional; nos alimentaron, nos lavaron, nos plancharon, nos guiaron… Simplemente excepcional.
En el Centro Asturiano de Caracas, vivimos los festejos en honor de la festividad de la Virgen de Covadonga. Mucha asturianía, mucha buena gente, mucha comida, mucha bebida, mucho baile, muchas risas…
Y después de ‘tanta fiesta’, obligado relax en las playas y aguas cristalinas del Parque Nacional de Morrocoy.
Mérida es la capital de los Andes venezolanos y sin lugar a dudas, la ciudad y entorno en el que mejor nos hemos encontrado. ¿En qué puede parecerse el paisaje de un clima tropical andino con el paisaje de Asturias? Podría intuirse que nada pero un paseo por el Parque Nacional de la Sierra Nevada, puede acarrear confusión y extrañeza por la similitud. ¿O acaso será mi añoranza?
Mi amigo Jorge dice…
(…) y quiero que sepas que hemos realizado entre la peña de Rodadores una recolecta para ingresar un dinero para ti y hemos recaudado 400€. Tu sabrás en que emplearlo. Cuando tienes pensado volver. (…). Emocionado una vez más por otra muestra de afecto y cariño de amigos, siento que este viaje me está sirviendo para darme cuenta realmente del tipo de gente de la que me rodeo. Yo también me siento orgulloso de contar con amigos como vosotros. Y aunque a estas alturas de mi viaje no sobra ningún tipo de apoyo, el económico no puedo aceptarlo. ¡¡Muchas gracias amigos!!
Aquel bocadillo…
… de chorizo. El pan no era el ideal (difícil de conseguir por estas tierras) pero gocé de aquel bocadillo de chorizo como nunca.
Y aquel pisto manchego de mamá
Ese fue mi principal reclamo que hice en mi casa ante el viaje de mi hermano; ‘tráete menos calzoncillos y más pisto de mamá’. El primero de los botes se consumió acompañando a una tortilla de patatas. Aunque aprecié la diferencia de haber sido ya hecho en la vitrocerámica de la nueva cocina de mis padres y no a la lumbre, aquel pisto manchego de mamá comido en tierras bolivarianas de la América Latina, me supo a producto bendecido por los ángeles.
Sensaciones encontradas
El paso por Venezuela no ha sido el ideal. Lo inesperado nos desanimó. Los tiempos muertos nos enfriaron. La improvisación nos delató. Y el caos del país nos abrumó. Nos faltó continuidad en las emociones. Siento que por unas cosas y otras este no haya sido el viaje, la aventura que mi hermano (y yo) esperaba.
No sé si por causalidad o casualidad la presencia de mi hermano en mi viaje ha coincidido con un periodo sobreexcitado en mi mundo de emociones. Mi hermano Luismi me ha puesto al tanto del día a día familiar del que estoy al margen. Desde Oviedo amigos me recuerdan los bocadillos de calamares, el ambiente del Rincón Cubano, el reencuentro con amigos que implica las fiestas de San Mateo. Mi peña de Rodadores amenaza en ir a Toledo en mi ausencia (¡¡ni se os ocurra!!). Lo extraordinario desvirtúa la magia en la siguiente etapa de mi peregrinar. El objetivo de mi cámara de fotos no para de darme problemas y gravar mi bolsillo. Los diversos frentes que en forma de proyectos profesionales tengo abiertos, no acaban de ver la luz. El presupuesto previsto para esta aventura, ya está superado.
Siento cierto cansancio. Y no es tanto el hacer huella como lo que me agota el azote al que someto a mi cabeza por tanta reflexión, tanta preocupación, tanta ilusión…
Quizá la compañía de mi hermano me ha servido para exteriorizar un mundo de emociones en muchas ocasiones castrado durante este viaje. Lo siento hermano pues por lo que compruebo, no solo me bastó con agobiarme junto a ti sino que además terminé estresándote justo cuando más ganas tenía(mo)s de disfrutar al máximo. Nuevas aventuras quedan por saldar en el futuro. Si no llega a ser por tu postura y cordura, la misma a la que tanta veces he recurrido en busca de sabia reflexión, nuestro viaje hubiera sido más caótico. Por todo ello, muchas gracias.
Mi hermano dice...
Tremenda responsabilidad la que me brinda mi hermano Toñín al escribir en su “diario”. Tras 18 días juntos me cuesta arrancar las palabras de mi cabeza y esa mezcla de sentimientos hace que las ideas salgan en desorden.
Mientras escucho Amaral, no es difícil volver la vista atrás y recordar… yo estaba ansioso y sabía que no me calmaría hasta que no viera a mi hermano. Hasta ese momento los nervios aparecieron en diversos momentos; el más crítico en Barajas, cuando un apretón dio con mis posaderas en un baño de la Terminal uno (la carrera después hasta la aeronave fue digna de recordar, así como mi cara cuando me dijeron que ya habían bajado mi mochila de las bodegas del avión). Mi teatro, con indignación incluida, echando las culpas a la cola que había para enseñar el pasaporte, dio resultado y pude embarcar entre miradas de viajeros y azafatas en ese vuelo de Santa Bárbara Airlines.
La primera sensación al ver a mi hermano después de la despedida en Madrid el 8 de Enero: cara algo más delgada, moreno, con sus ojos azules resaltando más tras las gafas entre una piel morena que no recordaba en él. En el aeropuerto de Ciudad Bolívar, a miles de kilómetros de Toledo, dos Jiménez Gómez se abrazaron y besaron tras ocho meses.
No habían transcurrido 5 minutos cuando me di cuenta que no había cambiado nada… las mismas manías, las mismas coletillas… el Toñín de siempre, el hermano mayor, siempre ordenando y controlando, una mezcla entre lo entrañable y la agonía. Supongo que nunca es tarde para cambiar. Aquí había llegado yo para comprobarlo, ¡que nadie se preocupe!
Allí, en Ciudad Bolívar, en medio de selvas, comenzó nuestro viaje común.
Sin apenas darnos cuenta, estábamos volando sobre la selva en una “cesna” vieja, de apenas tres plazas, comiendo empanadas entre papas, zanahorias, papel higiénico y demás provisiones… debajo de nosotros empezaron a verse los tepuys, montañas planas que emergen de la exuberancia de la selva. Y entre mosquitos y una naturaleza insultantemente espectacular vimos despeñarse el Salto del Ángel.
No sería justo si no mencionara las playas de Mochima (en el oriente) y las del Parque Nacional de Morrocoy (en el occidente). Envidiable el color del agua, de la arena, así como el baño tranquilo en las piscinas naturales de los Juanes y de la isla más pequeña que he conocido: Cayo Peló, de apenas quince metros cuadrados. De allí nos traemos, además de imágenes muy singulares, varias picaduras de moquitos (zancudos) y un morenazo que ahora torna a piel seca y “pelada”.
¡Y cómo no!, llegamos a la Mérida venezolana, en plenos Andes, montaña tropical. Parapente, trekking… nos ha recordado por momentos tantas cosas que nos gusta…
No debo ni puedo olvidarme de la gente que hemos conocido. A More y Maru, mamá e hija, cuya casa, compañía, y sobre todo amistad, han sido fundamentales en nuestro viaje por Venezuela. En verdad, siento que cuando deje este país, dejaré acá otra familia… A tantos amigos que hemos conocido, extranjeros, paisanos, a los asturianos de Caracas, a amigos de amigos que nos habéis facilitado nuestra estancia… muchas gracias.
Vuelvo a Toledo y Toñín sigue su camino. Me llevo imágenes, alegrías, las broncas y los “estreses” de mi hermano. No sé si lo habré logrado, pero espero que él se lleve camino de Colombia la tranquilidad del apoyo de la familia…
Toñín, viaja y disfruta. No olvides el motivo inicial de todo esto. Los tuyos te queremos.
Tu incondicional,
Luismi
En Caracas a 19 de septiembre de 2006
martes, 19 de septiembre de 2006
reencuentro en Venezuela
viernes, 8 de septiembre de 2006
el río de la vida, el Amazonas
El viaje
2116 kilómetros por el Río Amazonas separan Belém de Manaos, desde la costa Atlántica hasta el centro de Brasil. El viaje en barco -a contracorriente- tiene una duración de cinco o seis días y resulta apasionante por momentos y excesivamente rutinario en la mayor parte del tiempo. Aquí el libro más leído abordo es la Biblia.
El río es inmenso. En muchos sitios el horizonte no alcanza a ver la tierra. Embarcaciones de todo tipo desde canoas hasta grandes barcos de carga conviven pacíficamente. A lo largo de gran parte del río, es habitual ver casas de madera y techo de ramas. Sus moradores, los llamados ‘caboclos’ (población de origen indígena mezclado con portugueses) viven de lo que obtienen de animales domésticos y de la pesca en el río (cada vez más escasos) y que en algunos casos destinan a la venta.
En algunas partes del río, la recolecta del cacao también supone unos ingresos. Al paso de las embarcaciones de pasajeros, los niños reman hasta el paso del barco esperando a que les sean lanzados alguna bolsa con comida o cualquier otra cosa. Algunos incluso con cierta temeridad y habilidad consiguen amarrar sus canoas al barco y ascienden hasta los pasajeros para vender cestos de gambas.
Los pasajeros, excepto algún que otro turista, son todo gente local que viven a lo largo del río en las principales poblaciones. La inmensa mayoría duerme en hamacas. Es todo un espectáculo observar el juego de colores diversos que recrea el universo de hamacas. Los que se lo pueden permitir o se lo pagan (como fue mi caso) duermen en minúsculos camarotes con aire acondicionado.
Por esas cosas que uno no puede controlar cuando se pone en manos de otros, tuve que dormir en camarote cuando mi idea era dormir en hamaca. Después de la decepción vino el alivio pues ello me sirvió para adelantar trabajo (de pie) y evitar una noche una invasión de mosquitos. Además, así pude tener todo mi equipaje bajo control.
Tras tres días, descendí del barco en Santarem, en plena amazonía.
Aquí confluyen las aguas limpias del río Tapajós con las aguas turbias del Amazonas. Durante kilómetros las aguas de densidad diferente, transcurren paralelas sin mezclarse provocando un curioso espectáculo. Desde Santarem tomé un barco con gente local y me fui a recorrer parte del Río Tapajós para conocer las condiciones de vida de sus habitantes. Al borde de la orilla del río, diversas comunidades han instalado sus ‘campamentos’. La infraestructura de cada una de estas comunidades difiere entre si. Las hay que tienen hasta red de energía y agua e incluso hasta Internet y las hay que apenas tienen una infraestructura mínima. Común a todas ellas es la supervivencia (muy dura) a base de la producción y venta de ‘farinha’ (una especie de harina granulada de mandioca que forma la base alimenticia de la comida local) y ‘borracha’ (resina).
Luiz, el propietario de la embarcación en que viajé, me permitió instalarme en su barco junto a él y su hijo Diego. Me facilitaron hamaca, comida, risas y experiencias enriquecedoras durante los días que estuve con ellos.
Después de unos días, volví a Santarem para irme a Alter-do-Chao, una playa que sólo aparece durante los meses de agosto a diciembre y que cuenta con una arena fina y aguas cristalinas y –dicen- potable.
Casi dos días se demora el barco desde Santarem hasta Manaus (ciudad caótica), final de mi recorrido por el Río Amazonas, el río de la vida.
El atractivo (turístico) era ahora yo
En aquel barco de madera destartalado los bultos de ropa se repartían por el suelo y el universo florecido de hamacas se dispersaba a lo largo de los 15 metros de eslora. Por cada metro, dos hamacas y tres personas. Aquí la hamaca es como para (algunos) occidentales el cepillo de dientes, imprescindible. Luiz, de aspecto descuidado, capitaneaba las acciones de maniobra y Diego, joven inquieto, ejecutaba las tareas de almacenamiento de las mercancías.
A la ida, la carga se compone básicamente de cajas de hielo donde posteriormente se almacenará la carne ‘fresca’ y que habrá de aguantar al menos cuatro días hasta que Luiz vuelva a llegar. A la vuelta hacia Santarem, la carga es básicamente de sacos de ‘farinha’ de 40 ó 50 kilos que los productores llevan a vender a la ciudad a una relación de unos 35 centavos de euro el kilo.
En el barco rápidamente soy objeto de atención. Todos mis movimientos se siguen con expectación. Con cámara en ristre, mis compañeros de viajes, disimulan su reserva. Pido permiso y eligen su mejor pose. Pero yo quiero naturalidad. Tiro unas fotos para disimular, marcho y para cuando se han olvidado, vuelvo y disparo su cotidianidad.
‘Antonio, ¿cachaça?’, no paran de preguntar Vladimir y su cuñado esperando por fin una respuesta receptiva por mi parte. ‘Nao, obrigado. Fae muito calor. Agora nao, mais tarde’. La pregunta se hace cada vez más insistente según avanza el ritmo de su consumo. Al atardecer, abren la tercera.
Cada vez que el barco ‘atraca’ en la playa para que desciendan pasajeros y sus mercancías, aprovecho para retratar la escena. En una de ellas, Marcio me pide que le mire para desde su teléfono móvil, hacerme una foto. Me paro y me dice ‘naturalidad Antonio, naturalidad’. El fotógrafo fotografiado.
En el regreso a Santarem días después, coincido con la mayoría de mis antiguos compañeros de viaje. Se interesan por lo que hice y conocí. Me siento a gusto entre tanta cotidianidad. Que sea uno el objeto de atención cuando para mí lo son ellos, eso no tiene precio. ‘Antonio, Antonio…’
El dato
20.000 fotos ya tiradas. Mucho que ver, mucha curiosidad.
Con recochineo
Recibo entre mis correos, uno que me indigna. Es uno de esos correos publicitarios personalizados; ‘Antonio, a que duele volver de vacaciones?’. Encima con recochineo, ¡¡cómo si yo hubiese disfrutado ya de ellas!!
Comida de trabajo
El calor estaba en su máximo apogeo. La sombrilla apenas ofrecía resistencia al sol. La arena fina de la playa quemaba. Y yo ardía… Después del baño Leiliana se había protegido con un pareo blanco. Bien estirada y con exquisitas formas daba cuenta de una estupenda milanesa de sucururu (pescado empanado) mientras hablábamos de cualquier cosa.
Pocas horas antes ya me sobresalté al ver su belleza autóctona hacer acto de presencia en la Oficina de Turismo donde me habían dicho que me esperaría. Rápido se me olvidó el enfado por los diez minutos de su retraso. Su simpatía y sensualidad me cautivó. Apenas recuerdo las características de los atractivos que me describió durante su guía.
Agotado por el calor y pensando en un refrescante baño, la sugerí adelantar el regreso. Ocupamos mesa en el chiringuito de la playa, pedimos (me dejé llevar) y con intencionalidad de espectador expectante, me adelanté en el baño. Entre las aguas calientes y cristalinas del Río Tapajós esperé observando como Leiliana se desvestía de espaldas a mi. Cuando terminó, se dio la vuelta y quise morir entre sus brazos. Caminó con elegancia hacia el agua mientras intentaba localizarme. Cuando lo logró, se zambulló de cabeza y buceó hasta llegar a mi. Emergió del agua con todo el poderío de sus encantos. Mientras reía y retiraba el agua de sus ojos yo disfruté con los míos de su exuberancia. Me quedé extasiado sin saber qué decir cuando se me quedó mirando con los brazos en jarra. ‘¿Y cuántos habitantes tiene el pueblo Leiliana?’
¡¡Tchao Brasil!!
Han pasado ya más de dos meses y medio desde que llegué a Brasil. Sobre el mapa de este inmenso país, veo mi huella por gran parte de él. Lo destacable (quizá por locura) es que toda esa huella la hice en autobús y en barco. Tuve la paciencia de anotar el precio de todos los recorridos. Al final, sólo en transporte me gasté casi 600€ (menos mal que ya me voy…).
Dos semanas más me faltaron para haber conocido lo que ahora se ha convertido en un viaje pendiente, el nordeste brasileño. Una excusa perfecta para volver a este agradable país en el que su principal atractivo es la amabilidad de sus gentes. Sin lugar a dudas, aquí la simpatía y la accesibilidad son las principales cartas de presentación.
Brasil es tan grande que en un mismo país se puede observar distintos países. El sur más moderno, con una importante presencia de emigración europea, es más común a los ojos de un occidental. A partir de ahí, el país adquiere su singular fisonomía; una vida sin tiempo, informal, divertida, apasionada, carente de casi todo.
Es Brasil también un país de contrastes. Hay un dato que me llama poderosamente la atención. Los brasileños son por lo visto de los que más viajan por el mundo. Yo sin embargo he conocido gente que jamás ha podido ver los atractivos que yo he venido a ver desde España cuando ellos lo tienen a menos de una hora.
Es este un país que vive mayoritariamente en sandalia, en pantalón corto ajustado, en camiseta de tirantes, que duerme a antojo soñando con jugadas de fútbol únicas… Un país con gente carente pero hecho para el disfrute de los que pueden, podemos disfrutarlo.
Me llevo de Brasil un recuerdo estupendo ya no solo por sus gentes, la belleza del país y sus mujeres, sino en gran parte por el componente humano de la gente que sin conocerme, me dieron además de cobijo y de comer, cariño; Flavio e Isabella en Porto Alegre, Roberta, Francisco, Víctor y José María (y familia) en Sao Paolo, Ildefonso en Río y Manuel en Mina Gerais. Tampoco quiero olvidar la ayuda de Michelle, Lisandro, Luciana y Tatiana en el buen desarrollo de mi paso por su país. ¡¡¡A todos vosotros, miles de gracias!!!
El momento
Atardece sobre el Amazonas. Los más curiosos nos buscamos el mejor lugar para disfrutar de la puesta del sol. El resto, se mecen en sus hamacas, juegan al dominó, tejen, leen o beben cerveza una tras otra. Cada atardecer os juro que es distinto. No presencié ninguno igual. Y otra cosa que aprendí es que uno puede dar por finalizado ninguno hasta que realmente la oscuridad sea evidente.
El sol arde y el horizonte perfila canoas de pescadores que parecen dibujadas para la ocasión. Desde la radio del puesto de mando, el oficial de turno ha elegido su mejor música para la ocasión. A ritmo de bosanova, el barco avanza por el margen izquierdo. Los pescadores en sus canoas apuran los últimos momentos de sol revisando las capturas en sus redes. Los niños, expertos remadores, se divierten con las olas que provoca el paso del barco. Una mujer baña a sus dos hijos pequeños en el río. Otra aclara la ropa que acaba de lavar. Un joven apostado en la rama de un árbol, asiste impertérrito a nuestro paso. Para él somos un barco más.
Así es el río de la vida, el Amazonas.
En Manaus a 31 de agosto de 2006
lunes, 28 de agosto de 2006
'amor a primera vista'
El viaje
Brasilia se fundó en 1960 con el objetivo de repoblar la parte central del país. Desde entonces es la capital administrativa de Brasil. Dada su ‘juventud’, goza de una arquitectura moderna que se ha convertido en un referente a nivel mundial. Yo esperaba mucho más.
De Brasilia me fui hasta Lençois, centro neurálgico del Parque Nacional de la Chapada Diamantina, un amplia extensión de terreno donde conviven formaciones rocosas, valles, cascadas, cavernas, grutas, lagos e incluso una pequeña pero preciosa zona de pantanal…
Gracias a Lisandro y sus contactos pude conocer la Chapada Diamantina de manera privilegiada. Con él además pude realizar un trekking de varios días por el Valle de Patí que es uno de los lugares más bonitos que he conocido. Las vistas sobre el valle desde los puntos más elevados, simplemente increíbles. ¡¡Gracias Lisandro, muchas gracias!!
Seis horas separan Lençois de Salvador de Bahía, ciudad Patrimonio de la Humanidad.
La cultura africana está muy presente en la ciudad que cuenta además con construcciones del periodo colonial muy interesantes. El centro histórico, Pelourinho, es el lugar de referencia de los turistas y vendedores de todo.
Desde Salvador llegué a Sao Luis, ciudad también Patrimonio de la Humanidad.
A cuatro horas de allí, se encuentra el Parque Nacional dos Lençois Maranhenses, un lugar singular donde es posible andar por la arena blanca de las dunas a la vez que se pasea entre las lagunas que se forman a raíz de la época de lluvias. El atardecer en un lugar así, simplemente espectacular.
Ni sombra de lo que fui
No tardé ni un minuto en aceptar la propuesta de realizar una travesía en bicicleta de montaña por la Chapada Diamantina. La idea era muy atractiva pues el recorrido exigía un trayecto en barca por un pantanal y la visita a distintas cascadas.
Pensando en mis añorados amigos de ‘Rodadores’, me subí a la bicicleta… y terminé sufriendo como un auténtico perro por un recorrido bastante fácil respecto a lo que estamos acostumbrados en Asturias. ¿Qué fue de aquella forma física que me permitía disfrutar sufriendo por los alrededores de Oviedo? ¡¡Amigos ‘Rodadores’, a mi regreso tened piedad de mí!! Eso sí, tengo todos los datos para traeros aquí a disfrutar.
El encuentro
Salía de ver un espectáculo de batucada en Salvador camino del albergue cuando casi de bruces me doy con Bruno, barcelonés compañero de aventura el año pasado en Panamá. De aquel encuentro se generó una relación de amistad que nos ha llevado a seguir en contacto por correo electrónico. Ya intentamos coincidir en el norte de Chile meses atrás y ahora en Brasil íbamos a intentar unir nuestros viajes. No hizo falta pues no sé si el destino o quien, lo provocó aquella noche en Salvador.
Dos segundos más tardes y hubiésemos pasado los dos de largo. ¡¡Qué cosas tiene la vida!! Charlamos y charlamos y a pesar de que ya tenía planes para el día siguiente, decidí acompañarle (junto a su primo) durante un par de días. A la mañana siguiente, me fui a buscarles y mientras decidíamos el destino, un cúmulo de sensaciones me abordaron y decidí entonces seguir mi camino en solitario. Acompañarles hubiera significado dejar de ver otras cosas que tenía previsto y eso fue lo que básicamente me llevó a apearme del coche. Mi hermano Luismi llega el día 31 a Venezuela y estoy en contrareloj. ‘Vas a piñón fijo Antoñito’. Es cierto Bruno, es cierto.
La larva migratoria
Salí del Pantanal y/o de la Chapada do Guimarais, con mi cuerpo salpicado de ‘picaduras’ extrañas. Nunca había visto mi cuerpo así. Aún me duran algunas de ellas. La molestia más incómoda me surgió –digámoslo claro- en el culo. Me escocía un montón. Como la molestia iba a más, me empecé a preocupar. Dado que yo al menos no tengo visión directa de mi trasero, y que solicitar ayuda a un extraño para que viese mi culo no era decente, decidí realizar una foto para tratar de averiguar que podía ser. Tras el autorretrato, me alarmé pues mi culo me gustó mucho menos de lo que ya lo hace. Preocupado acudí a la telemedicina y le mandé por e-mail a mi hermano Luismi que es médico, mi autorretrato. Para cuando me contestó, un médico brasilero con el que coincidí de trekking, me había diagnosticado la existencia de una larva migratoria en mi trasero. Hasta ahora sigo sin saber qué significa el dibujo que externamente se encargó de perfilar sobre mi blanco lienzo… esa larva migratoria. Es duro saber que compartes lo más intimo de tu ser con otro ser vivo…
‘Cara de criança boa’
Debe ser que desprendo una sensación de buena gente, de tener ‘cara de niño bueno’. Empiezo a creérmelo. Aunque en vista del mayor éxito que tienen los malos con las mujeres, echo en falta la capacidad de transformar mi rostro a antojo.
Luciana y Tatiana, dos encantadoras brasileñas, me invitaron a compartir habitación en la posada en la que nos alojamos. Lo llamativo es que además de mi ‘cara de criança boa’, sólo tenían como garantía –que yo sepa- las escasas horas que compartimos la noche anterior.
Con Tatiana compartí más tiempo. Descubrí una mujer interesante, femenina y dotada de esa inteligencia para el día a día, lo cotidiano que más aprecio. Quizá por eso la nombré Consejera Delegada de nuestra futura agencia de viajes. Y es que a mí siempre me gusta tener por encima a una mujer… inteligente. Que por proyectos y por mujeres de futuro… no sea. Tatiana, sin lugar a dudas, uno de los rostros femeninos de este viaje. Coincidir con personas interesantes se ha convertido para mi viaje, en una de las mayores gratificaciones.
‘Amor a primera vista’
Podría parecer que estuviera esperándome en aquel lugar, en aquel preciso momento en que el sol caía sobre el mar y su silueta se perfilaba en el horizonte de Salvador. Aseguré una primera foto, y otras más. Temiendo que se moviese, me fui acercando a ella y cerrando el zoom de mi cámara. Cuando se percató de mi presencia, salió despavorida hacia mi gritando ‘aspeta, aspeta’. Y eso hice, esperé. Significativo es que pensase que yo fuese italiano, ¿no?. Cuando llegó a mí, me hizo acompañarla unos metros. Se subió a una piedra de la playa y empezó a posar para que la fotografiase. Y empecé a fotografiarla. ‘Aspeta, aspeta’ me volvió a repetir mientras se quitaba la parte de arriba de su conjunto. No me dio tiempo a gritarla ‘aspeta, aspeta’ cuando en sujetador se quedó. Preferí no mirar atrás para ver la cara de los transeúntes. Afortunadamente me entendió cuando le dije que la foto era un contraluz y que por tanto, sus encantos en sujetador no aportarían nada.
Mientras iniciaba mi camino de vuelta, ella me alcanzó y me preguntó que si me gustaba. Le dije un si rotundo. Mucho menos convincente sonó su ‘tu a mí también’. ‘Pero si no me conoces de nada’ le contesté riéndome. ‘Amor a primera vista. De verdade. Amor a primera vista’ me dijo mientras me levantaba las gafas de sol para mirarme los ojos. Volví a reírme y la prometí que al día siguiente volvería. ‘Amor a primera vista’.
En Sao Luis a 21 de agosto de 2006
sábado, 12 de agosto de 2006
cruzando el Pantanal
La huella
El Estado de Mato Grosso do Sul, al oeste de Brasil, es un territorio privilegiado para el disfrute de diversas actividades al aire libre. A pesar de que el turismo cada vez más supone un número importante de ingresos, es un estado eminentemente ganadero.
Tuve la oportunidad de conocer varias haciendas y así ver de primera mano el trabajo de campo que realizan ya que muchas de ellas orientan estas actividades de cara al turismo.
Son haciendas tan inmensas que cuentan con una fauna muy diversa (aves, reptiles, mamíferos…).
Pero si se quiere ver más fauna, hay que ir al Pantanal, sin lugar a dudas el mayor atractivo turístico de Mato Grosso do Sul. El Pantanal es una zona llana baja y que durante el periodo de lluvias, los ríos transbordan y hacen una gran llanura pantanosa. Durante la seca, el nivel de agua desciende conformando un paisaje de lagunas y ríos dibujados. Los animales tienen que adaptarse a las condiciones.
Del Pantanal de Mato Grosso do Sul, me fui al Pantanal del estado vecino norteño, Mato Grosso. Interesantes experiencias en entornos maravillosos; paseos en canoa, safari fotográfico, paseos nocturnos, avistamientos de aves, cabalgata a caballo, trekkings… Aunque me ofrecieron más Pantanal, después de más de diez días, quedé muy satisfecho. Es otro destino clave para tener en cuenta en el futuro.
Para finalizar y mitigar el calor pantanero, visita al refrescante Parque Nacional de la Chapada dos Guimarais. Un lugar de formaciones rocosas en forma de muros con una floresta en forma de sabana (y que aquí llaman ‘cerrado’) y donde existen cascadas, cavernas…
Lo que hace el hambre…
Como bien sabe mi familia, amigos y todo aquel que termina tratándome, odio las aceitunas y el queso. Durante este viaje, me he dado cuenta que el queso forma parte de la dieta básica de muchas comidas. Me refiero básicamente a aquellas de estilo callejero y baratas que son a las que suelo recurrir. Son unas lonchas de queso industriales que acompañan como ingrediente básico a los bocadillos (sándwiches) de pollo, hamburguesa, ternera… Y como no suelen estar bien dotados en cantidad (y tampoco en calidad), no es cuestión de separar el queso, que al fin al cabo alimenta.
Que sepas por tanto mamá que estoy comiendo queso. Esto papá, no quiere decir –ni mucho menos- que a partir de ahora puedas cortar tu oloroso queso manchego, próximo a mí y menos aún que me invites a llevarte aunque sea en plato, un pedazo. Por tanto, familia, amigos y conocidos, abstenerse de realizar bromas al respeto… El queso sigue sin gustarme.
Pero qué bien me alimentan los demás…
Josiely y Simone eran los artistas de aquella humilde pero deliciosa comida pantanera; arroz carreteiro com Feijoo (una especie de judías pintas guisadas, es el plato típico brasileño), refogado de repolho (rehogado de repollo), traira frita (un pez típico de las aguas del Pantanal) y bolinho de arroz. Y de postre; doce de abobora (¿?), doce de mamao-papaia (¿?) y rapadura de jengibre, que tampoco sé lo que era pero me dicen que aumenta la potencia masculina (¿?).
Exigencias del guión…
Lo siento pero no me gusta. Por más que trato no puedo evitar detestar las cabalgatas a caballo. Y es que cuando llego como reportero a determinados destinos turísticos, no puedo negar la invitación a caballo. En Chile, ya tuve una experiencia que casi termina con mis huesos en el suelo tras salir el caballo disparado con un loco. Desde aquel suceso, intento evitar esta actividad. Pero no pude conseguirlo durante estos días. Uno de ellos, el primero tras aquella ‘experiencia chilena’ fue en pleno pantanal.
Conocedor (o eso dicen) de que los caballos saben cuando el jinete tiene miedo, me subí con firmeza y dignidad para intentar despistarle. No sé si lo conseguí o que el caballo era realmente manso, pero me sentí un poco John Wayne (sobre todo cuando al final de la cabalgata me bajé y andaba con las piernas arqueadas). El recorrido transcurrió por un lugar precioso. En ocasiones el agua me llegaba hasta la rodilla. Todo iba a la maravilla hasta que el guía me preguntó si quería ver una anaconda. Pero ¿aquí hay anacondas?, ¿Dónde?. ‘Están en el agua, entre la vegetación’ –me respondió. Pero si todo era así!!! Cuando encontró a la anaconda, vino a por mi. Cada paso que daba el caballo para mi era un paso para el abismo... No me tranquiló mucho que el guía me dijese que ahora la anaconda estaba haciendo la digestión tras haberse comido días antes un caimán. Mi corazón supongo que se tuvo que acelerar pues yo estaba más pendiente de la anaconda y la foto que de cualquier otra cuestión. Apenas la tuve a dos metros pero apenas pude verla pues reposaba en el agua y a la sombra de la vegetación. Lejos de ella, no dejé de pensar en serpientes y mi cabeza empezó a funcionar; ‘y si sale una serpiente, y si el caballo se pone nervioso, y si me tira y caigo al agua, a quien prefiere una anaconda; ¿a un caballo manso o a uno de Toledo?’.
Aquel franciscano de Toledo…
Me enteré de casualidad de la existencia de aquel sacerdote toledano en el pueblo más próximo. De camino a la capital, decidí entonces visitarle para saber cómo había llegado hasta ese punto tan perdido en medio del Pantanal, en medio del Brasil. Desde Miguel Esteban a Poconé. La idea era saludarle y marchar ese mismo día pues voy mal de tiempo. No obstante, estaba abierto a cualquier invitación que me permitiera conocer su trabajo. Con la ilusión de repetir la experiencia tan agradable que tuve con Juan en Talca y con Ildefonso en Río, me fui a mi tercer encuentro con ‘el mundo de los sacerdotes toledanos’ en el exterior… Me presenté sin avisar y me recibió con mucho afecto. Ante su inminente viaje a España, se ofreció para llevarme un CD con mis últimas fotos y así asegurar los últimos trabajos realizados durante estas semanas. Al no poder grabar las fotos por problemas en mi ordenador, empezó a ponerse nervioso por mi presencia. Era evidente que la situación le desagradaba. Me sentí fatal pues estoy convencido que pensó que mi visita tenía algún otro propósito. Decidí marchar. Se ofreció a llevarme en su coche hasta el autobús. Cuando llegamos apenas hizo ademán de acompañarme durante los 40 minutos que restaban hasta que llegase el autobús. Se despidió sin mirarme y cuando por el coche pasó por delante de mí, me ignoró. Aquel viaje que hice en autobús hacia la capital, fue uno de los peores momentos de este viaje. Primero porque la grabadora de mi ordenador no funciona y eso dificulta mi trabajo y pone en peligro la salvaguarda de mis fotos. Y segundo por la experiencia tan desagradable con aquel franciscano de Toledo… de nombre y hombre para olvidar.
El momento
Como si de un niño atraído por la novedad se tratase, yo seguía a aquel veinteañero por todos los lados.
Que Serginho daba de comer a nuestros caballos, yo acarreaba el agua. Que iba a por madera para el fuego, yo iba tras él. Que decidía montar las hamacas (con mosquitera), yo le ayudaba. Que preparaba la carne para asar con su machete, yo le fotografiaba. Que reía, yo reía. Que decía ´que legal Antonio´, yo le respondía ´muito legal Serginho´.
Tras un espectacular atardecer en medio del Pantanal, la noche nos regaló a Serginho y a mí un cielo estrellado vigilado por una luna en su fase creciente que iluminaba la escena. La brasa de madera de ciputa y la carandá (hoja de la palmara), fueron la base del fuego que nos asó el ‘contrafilet de vaca’, la longaniza y los plátanos.
Después de cenar, tuvimos nuestros momentos de conversación y risas, mis momentos para fotografiar (¡¡qué fotos más buenas!!) y nuestros momentos de silencios.
Con la mirada puesta en el fuego vivo, diseñé nuevos recorridos para mi viaje, me insuflé ánimos para afrontar el futuro tras mi regreso a España, eché la vista atrás para dimensionar la huella ya realizada y pensé en mucha gente, en mucha. Seguramente todos me sintieron.
Y cuando en algún momento alcé la vista y ví ese cielo tan maravilloso, me vino en el recuerdo aquella noche de verano que disfruté con mi hermano Javi a los pies del Almanzor en la Sierra de Gredos. Embozados en nuestros sacos de dormir contemplábamos el singular cielo estrellado que aquella luna nueva nos había regalado. Era difícil abstraerse de ese horizonte tan limpio, tan nítido, tan alejado de todo... De aquel momento y de aquella conversación de hermandad tanto tiempo aplazada fueron testigos dos lobos que anduvieron a nuestro alrededor. De aquellos lobos no tuve más noticias. Hoy mi hermano y Sara esperan su segundo hijo. Lucía, mi ahijada, cumplió el pasado 26 de julio su primer año. ¡Lucía, muchas felicidades!
En el Pantanal, a 3 de agosto de 2006