viernes, 8 de septiembre de 2006

el río de la vida, el Amazonas

El viaje

Agua del río amazonas

2116 kilómetros por el Río Amazonas separan Belém de Manaos, desde la costa Atlántica hasta el centro de Brasil. El viaje en barco -a contracorriente- tiene una duración de cinco o seis días y resulta apasionante por momentos y excesivamente rutinario en la mayor parte del tiempo. Aquí el libro más leído abordo es la Biblia.

Entretenimientos a bordo

El río es inmenso. En muchos sitios el horizonte no alcanza a ver la tierra. Embarcaciones de todo tipo desde canoas hasta grandes barcos de carga conviven pacíficamente. A lo largo de gran parte del río, es habitual ver casas de madera y techo de ramas. Sus moradores, los llamados ‘caboclos’ (población de origen indígena mezclado con portugueses) viven de lo que obtienen de animales domésticos y de la pesca en el río (cada vez más escasos) y que en algunos casos destinan a la venta.



En algunas partes del río, la recolecta del cacao también supone unos ingresos. Al paso de las embarcaciones de pasajeros, los niños reman hasta el paso del barco esperando a que les sean lanzados alguna bolsa con comida o cualquier otra cosa. Algunos incluso con cierta temeridad y habilidad consiguen amarrar sus canoas al barco y ascienden hasta los pasajeros para vender cestos de gambas.

Intérpritos piratas del amazonas

Los pasajeros, excepto algún que otro turista, son todo gente local que viven a lo largo del río en las principales poblaciones. La inmensa mayoría duerme en hamacas. Es todo un espectáculo observar el juego de colores diversos que recrea el universo de hamacas. Los que se lo pueden permitir o se lo pagan (como fue mi caso) duermen en minúsculos camarotes con aire acondicionado.

Expectantes

Por esas cosas que uno no puede controlar cuando se pone en manos de otros, tuve que dormir en camarote cuando mi idea era dormir en hamaca. Después de la decepción vino el alivio pues ello me sirvió para adelantar trabajo (de pie) y evitar una noche una invasión de mosquitos. Además, así pude tener todo mi equipaje bajo control.

Vida en el río amazonas

Tras tres días, descendí del barco en Santarem, en plena amazonía.

Santarem

Aquí confluyen las aguas limpias del río Tapajós con las aguas turbias del Amazonas. Durante kilómetros las aguas de densidad diferente, transcurren paralelas sin mezclarse provocando un curioso espectáculo. Desde Santarem tomé un barco con gente local y me fui a recorrer parte del Río Tapajós para conocer las condiciones de vida de sus habitantes. Al borde de la orilla del río, diversas comunidades han instalado sus ‘campamentos’. La infraestructura de cada una de estas comunidades difiere entre si. Las hay que tienen hasta red de energía y agua e incluso hasta Internet y las hay que apenas tienen una infraestructura mínima. Común a todas ellas es la supervivencia (muy dura) a base de la producción y venta de ‘farinha’ (una especie de harina granulada de mandioca que forma la base alimenticia de la comida local) y ‘borracha’ (resina).
Luiz, el propietario de la embarcación en que viajé, me permitió instalarme en su barco junto a él y su hijo Diego. Me facilitaron hamaca, comida, risas y experiencias enriquecedoras durante los días que estuve con ellos.
Después de unos días, volví a Santarem para irme a Alter-do-Chao, una playa que sólo aparece durante los meses de agosto a diciembre y que cuenta con una arena fina y aguas cristalinas y –dicen- potable.

Alter do Chao

Casi dos días se demora el barco desde Santarem hasta Manaus (ciudad caótica), final de mi recorrido por el Río Amazonas, el río de la vida.

El atractivo (turístico) era ahora yo
En aquel barco de madera destartalado los bultos de ropa se repartían por el suelo y el universo florecido de hamacas se dispersaba a lo largo de los 15 metros de eslora. Por cada metro, dos hamacas y tres personas. Aquí la hamaca es como para (algunos) occidentales el cepillo de dientes, imprescindible. Luiz, de aspecto descuidado, capitaneaba las acciones de maniobra y Diego, joven inquieto, ejecutaba las tareas de almacenamiento de las mercancías.

días de pesca con Luiz y Diego

A la ida, la carga se compone básicamente de cajas de hielo donde posteriormente se almacenará la carne ‘fresca’ y que habrá de aguantar al menos cuatro días hasta que Luiz vuelva a llegar. A la vuelta hacia Santarem, la carga es básicamente de sacos de ‘farinha’ de 40 ó 50 kilos que los productores llevan a vender a la ciudad a una relación de unos 35 centavos de euro el kilo.

Río Tapajós

En el barco rápidamente soy objeto de atención. Todos mis movimientos se siguen con expectación. Con cámara en ristre, mis compañeros de viajes, disimulan su reserva. Pido permiso y eligen su mejor pose. Pero yo quiero naturalidad. Tiro unas fotos para disimular, marcho y para cuando se han olvidado, vuelvo y disparo su cotidianidad.
‘Antonio, ¿cachaça?’, no paran de preguntar Vladimir y su cuñado esperando por fin una respuesta receptiva por mi parte. ‘Nao, obrigado. Fae muito calor. Agora nao, mais tarde’. La pregunta se hace cada vez más insistente según avanza el ritmo de su consumo. Al atardecer, abren la tercera.
Cada vez que el barco ‘atraca’ en la playa para que desciendan pasajeros y sus mercancías, aprovecho para retratar la escena. En una de ellas, Marcio me pide que le mire para desde su teléfono móvil, hacerme una foto. Me paro y me dice ‘naturalidad Antonio, naturalidad’. El fotógrafo fotografiado.
En el regreso a Santarem días después, coincido con la mayoría de mis antiguos compañeros de viaje. Se interesan por lo que hice y conocí. Me siento a gusto entre tanta cotidianidad. Que sea uno el objeto de atención cuando para mí lo son ellos, eso no tiene precio. ‘Antonio, Antonio…’

El dato
20.000 fotos ya tiradas. Mucho que ver, mucha curiosidad.

Viento a toda vela

Con recochineo
Recibo entre mis correos, uno que me indigna. Es uno de esos correos publicitarios personalizados; ‘Antonio, a que duele volver de vacaciones?’. Encima con recochineo, ¡¡cómo si yo hubiese disfrutado ya de ellas!!

Vida abordo sobre el Río Amazonas

Comida de trabajo
El calor estaba en su máximo apogeo. La sombrilla apenas ofrecía resistencia al sol. La arena fina de la playa quemaba. Y yo ardía… Después del baño Leiliana se había protegido con un pareo blanco. Bien estirada y con exquisitas formas daba cuenta de una estupenda milanesa de sucururu (pescado empanado) mientras hablábamos de cualquier cosa.
Pocas horas antes ya me sobresalté al ver su belleza autóctona hacer acto de presencia en la Oficina de Turismo donde me habían dicho que me esperaría. Rápido se me olvidó el enfado por los diez minutos de su retraso. Su simpatía y sensualidad me cautivó. Apenas recuerdo las características de los atractivos que me describió durante su guía.

Lei

Agotado por el calor y pensando en un refrescante baño, la sugerí adelantar el regreso. Ocupamos mesa en el chiringuito de la playa, pedimos (me dejé llevar) y con intencionalidad de espectador expectante, me adelanté en el baño. Entre las aguas calientes y cristalinas del Río Tapajós esperé observando como Leiliana se desvestía de espaldas a mi. Cuando terminó, se dio la vuelta y quise morir entre sus brazos. Caminó con elegancia hacia el agua mientras intentaba localizarme. Cuando lo logró, se zambulló de cabeza y buceó hasta llegar a mi. Emergió del agua con todo el poderío de sus encantos. Mientras reía y retiraba el agua de sus ojos yo disfruté con los míos de su exuberancia. Me quedé extasiado sin saber qué decir cuando se me quedó mirando con los brazos en jarra. ‘¿Y cuántos habitantes tiene el pueblo Leiliana?’

¡¡Tchao Brasil!!
Han pasado ya más de dos meses y medio desde que llegué a Brasil. Sobre el mapa de este inmenso país, veo mi huella por gran parte de él. Lo destacable (quizá por locura) es que toda esa huella la hice en autobús y en barco. Tuve la paciencia de anotar el precio de todos los recorridos. Al final, sólo en transporte me gasté casi 600€ (menos mal que ya me voy…).
Dos semanas más me faltaron para haber conocido lo que ahora se ha convertido en un viaje pendiente, el nordeste brasileño. Una excusa perfecta para volver a este agradable país en el que su principal atractivo es la amabilidad de sus gentes. Sin lugar a dudas, aquí la simpatía y la accesibilidad son las principales cartas de presentación.

Diversión en el Río Tapajós

Brasil es tan grande que en un mismo país se puede observar distintos países. El sur más moderno, con una importante presencia de emigración europea, es más común a los ojos de un occidental. A partir de ahí, el país adquiere su singular fisonomía; una vida sin tiempo, informal, divertida, apasionada, carente de casi todo.
Es Brasil también un país de contrastes. Hay un dato que me llama poderosamente la atención. Los brasileños son por lo visto de los que más viajan por el mundo. Yo sin embargo he conocido gente que jamás ha podido ver los atractivos que yo he venido a ver desde España cuando ellos lo tienen a menos de una hora.
Es este un país que vive mayoritariamente en sandalia, en pantalón corto ajustado, en camiseta de tirantes, que duerme a antojo soñando con jugadas de fútbol únicas… Un país con gente carente pero hecho para el disfrute de los que pueden, podemos disfrutarlo.
Me llevo de Brasil un recuerdo estupendo ya no solo por sus gentes, la belleza del país y sus mujeres, sino en gran parte por el componente humano de la gente que sin conocerme, me dieron además de cobijo y de comer, cariño; Flavio e Isabella en Porto Alegre, Roberta, Francisco, Víctor y José María (y familia) en Sao Paolo, Ildefonso en Río y Manuel en Mina Gerais. Tampoco quiero olvidar la ayuda de Michelle, Lisandro, Luciana y Tatiana en el buen desarrollo de mi paso por su país. ¡¡¡A todos vosotros, miles de gracias!!!

El momento
Atardece sobre el Amazonas. Los más curiosos nos buscamos el mejor lugar para disfrutar de la puesta del sol. El resto, se mecen en sus hamacas, juegan al dominó, tejen, leen o beben cerveza una tras otra. Cada atardecer os juro que es distinto. No presencié ninguno igual. Y otra cosa que aprendí es que uno puede dar por finalizado ninguno hasta que realmente la oscuridad sea evidente.

atardecer sobre el Amazonas

El sol arde y el horizonte perfila canoas de pescadores que parecen dibujadas para la ocasión. Desde la radio del puesto de mando, el oficial de turno ha elegido su mejor música para la ocasión. A ritmo de bosanova, el barco avanza por el margen izquierdo. Los pescadores en sus canoas apuran los últimos momentos de sol revisando las capturas en sus redes. Los niños, expertos remadores, se divierten con las olas que provoca el paso del barco. Una mujer baña a sus dos hijos pequeños en el río. Otra aclara la ropa que acaba de lavar. Un joven apostado en la rama de un árbol, asiste impertérrito a nuestro paso. Para él somos un barco más.
Así es el río de la vida, el Amazonas.

En Manaus a 31 de agosto de 2006