sábado, 12 de agosto de 2006

cruzando el Pantanal

trabajador

La huella
El Estado de Mato Grosso do Sul, al oeste de Brasil, es un territorio privilegiado para el disfrute de diversas actividades al aire libre. A pesar de que el turismo cada vez más supone un número importante de ingresos, es un estado eminentemente ganadero.

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Tuve la oportunidad de conocer varias haciendas y así ver de primera mano el trabajo de campo que realizan ya que muchas de ellas orientan estas actividades de cara al turismo.

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Son haciendas tan inmensas que cuentan con una fauna muy diversa (aves, reptiles, mamíferos…).

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Pero si se quiere ver más fauna, hay que ir al Pantanal, sin lugar a dudas el mayor atractivo turístico de Mato Grosso do Sul. El Pantanal es una zona llana baja y que durante el periodo de lluvias, los ríos transbordan y hacen una gran llanura pantanosa. Durante la seca, el nivel de agua desciende conformando un paisaje de lagunas y ríos dibujados. Los animales tienen que adaptarse a las condiciones.

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Del Pantanal de Mato Grosso do Sul, me fui al Pantanal del estado vecino norteño, Mato Grosso. Interesantes experiencias en entornos maravillosos; paseos en canoa, safari fotográfico, paseos nocturnos, avistamientos de aves, cabalgata a caballo, trekkings… Aunque me ofrecieron más Pantanal, después de más de diez días, quedé muy satisfecho. Es otro destino clave para tener en cuenta en el futuro.

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Para finalizar y mitigar el calor pantanero, visita al refrescante Parque Nacional de la Chapada dos Guimarais. Un lugar de formaciones rocosas en forma de muros con una floresta en forma de sabana (y que aquí llaman ‘cerrado’) y donde existen cascadas, cavernas…

chapada

Lo que hace el hambre…
Como bien sabe mi familia, amigos y todo aquel que termina tratándome, odio las aceitunas y el queso. Durante este viaje, me he dado cuenta que el queso forma parte de la dieta básica de muchas comidas. Me refiero básicamente a aquellas de estilo callejero y baratas que son a las que suelo recurrir. Son unas lonchas de queso industriales que acompañan como ingrediente básico a los bocadillos (sándwiches) de pollo, hamburguesa, ternera… Y como no suelen estar bien dotados en cantidad (y tampoco en calidad), no es cuestión de separar el queso, que al fin al cabo alimenta.

caimán

Que sepas por tanto mamá que estoy comiendo queso. Esto papá, no quiere decir –ni mucho menos- que a partir de ahora puedas cortar tu oloroso queso manchego, próximo a mí y menos aún que me invites a llevarte aunque sea en plato, un pedazo. Por tanto, familia, amigos y conocidos, abstenerse de realizar bromas al respeto… El queso sigue sin gustarme.

niños

Pero qué bien me alimentan los demás…
Josiely y Simone eran los artistas de aquella humilde pero deliciosa comida pantanera; arroz carreteiro com Feijoo (una especie de judías pintas guisadas, es el plato típico brasileño), refogado de repolho (rehogado de repollo), traira frita (un pez típico de las aguas del Pantanal) y bolinho de arroz. Y de postre; doce de abobora (¿?), doce de mamao-papaia (¿?) y rapadura de jengibre, que tampoco sé lo que era pero me dicen que aumenta la potencia masculina (¿?).

john

Exigencias del guión…
Lo siento pero no me gusta. Por más que trato no puedo evitar detestar las cabalgatas a caballo. Y es que cuando llego como reportero a determinados destinos turísticos, no puedo negar la invitación a caballo. En Chile, ya tuve una experiencia que casi termina con mis huesos en el suelo tras salir el caballo disparado con un loco. Desde aquel suceso, intento evitar esta actividad. Pero no pude conseguirlo durante estos días. Uno de ellos, el primero tras aquella ‘experiencia chilena’ fue en pleno pantanal.

caballo

Conocedor (o eso dicen) de que los caballos saben cuando el jinete tiene miedo, me subí con firmeza y dignidad para intentar despistarle. No sé si lo conseguí o que el caballo era realmente manso, pero me sentí un poco John Wayne (sobre todo cuando al final de la cabalgata me bajé y andaba con las piernas arqueadas). El recorrido transcurrió por un lugar precioso. En ocasiones el agua me llegaba hasta la rodilla. Todo iba a la maravilla hasta que el guía me preguntó si quería ver una anaconda. Pero ¿aquí hay anacondas?, ¿Dónde?. ‘Están en el agua, entre la vegetación’ –me respondió. Pero si todo era así!!! Cuando encontró a la anaconda, vino a por mi. Cada paso que daba el caballo para mi era un paso para el abismo... No me tranquiló mucho que el guía me dijese que ahora la anaconda estaba haciendo la digestión tras haberse comido días antes un caimán. Mi corazón supongo que se tuvo que acelerar pues yo estaba más pendiente de la anaconda y la foto que de cualquier otra cuestión. Apenas la tuve a dos metros pero apenas pude verla pues reposaba en el agua y a la sombra de la vegetación. Lejos de ella, no dejé de pensar en serpientes y mi cabeza empezó a funcionar; ‘y si sale una serpiente, y si el caballo se pone nervioso, y si me tira y caigo al agua, a quien prefiere una anaconda; ¿a un caballo manso o a uno de Toledo?’.

animales

Aquel franciscano de Toledo…
Me enteré de casualidad de la existencia de aquel sacerdote toledano en el pueblo más próximo. De camino a la capital, decidí entonces visitarle para saber cómo había llegado hasta ese punto tan perdido en medio del Pantanal, en medio del Brasil. Desde Miguel Esteban a Poconé. La idea era saludarle y marchar ese mismo día pues voy mal de tiempo. No obstante, estaba abierto a cualquier invitación que me permitiera conocer su trabajo. Con la ilusión de repetir la experiencia tan agradable que tuve con Juan en Talca y con Ildefonso en Río, me fui a mi tercer encuentro con ‘el mundo de los sacerdotes toledanos’ en el exterior… Me presenté sin avisar y me recibió con mucho afecto. Ante su inminente viaje a España, se ofreció para llevarme un CD con mis últimas fotos y así asegurar los últimos trabajos realizados durante estas semanas. Al no poder grabar las fotos por problemas en mi ordenador, empezó a ponerse nervioso por mi presencia. Era evidente que la situación le desagradaba. Me sentí fatal pues estoy convencido que pensó que mi visita tenía algún otro propósito. Decidí marchar. Se ofreció a llevarme en su coche hasta el autobús. Cuando llegamos apenas hizo ademán de acompañarme durante los 40 minutos que restaban hasta que llegase el autobús. Se despidió sin mirarme y cuando por el coche pasó por delante de mí, me ignoró. Aquel viaje que hice en autobús hacia la capital, fue uno de los peores momentos de este viaje. Primero porque la grabadora de mi ordenador no funciona y eso dificulta mi trabajo y pone en peligro la salvaguarda de mis fotos. Y segundo por la experiencia tan desagradable con aquel franciscano de Toledo… de nombre y hombre para olvidar.


El momento
Como si de un niño atraído por la novedad se tratase, yo seguía a aquel veinteañero por todos los lados.

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Que Serginho daba de comer a nuestros caballos, yo acarreaba el agua. Que iba a por madera para el fuego, yo iba tras él. Que decidía montar las hamacas (con mosquitera), yo le ayudaba. Que preparaba la carne para asar con su machete, yo le fotografiaba. Que reía, yo reía. Que decía ´que legal Antonio´, yo le respondía ´muito legal Serginho´.
Tras un espectacular atardecer en medio del Pantanal, la noche nos regaló a Serginho y a mí un cielo estrellado vigilado por una luna en su fase creciente que iluminaba la escena. La brasa de madera de ciputa y la carandá (hoja de la palmara), fueron la base del fuego que nos asó el ‘contrafilet de vaca’, la longaniza y los plátanos.
Después de cenar, tuvimos nuestros momentos de conversación y risas, mis momentos para fotografiar (¡¡qué fotos más buenas!!) y nuestros momentos de silencios.

campame

Con la mirada puesta en el fuego vivo, diseñé nuevos recorridos para mi viaje, me insuflé ánimos para afrontar el futuro tras mi regreso a España, eché la vista atrás para dimensionar la huella ya realizada y pensé en mucha gente, en mucha. Seguramente todos me sintieron.
Y cuando en algún momento alcé la vista y ví ese cielo tan maravilloso, me vino en el recuerdo aquella noche de verano que disfruté con mi hermano Javi a los pies del Almanzor en la Sierra de Gredos. Embozados en nuestros sacos de dormir contemplábamos el singular cielo estrellado que aquella luna nueva nos había regalado. Era difícil abstraerse de ese horizonte tan limpio, tan nítido, tan alejado de todo... De aquel momento y de aquella conversación de hermandad tanto tiempo aplazada fueron testigos dos lobos que anduvieron a nuestro alrededor. De aquellos lobos no tuve más noticias. Hoy mi hermano y Sara esperan su segundo hijo. Lucía, mi ahijada, cumplió el pasado 26 de julio su primer año. ¡Lucía, muchas felicidades!

amanecer

En el Pantanal, a 3 de agosto de 2006