viernes, 10 de noviembre de 2006

entre paisajes y vivencias, una decepción

El viaje

Catedral de Bogotá

‘Antonio, ¿te vienes con un grupo de periodistas al Amazonas colombiano?’. Hay invitaciones que no se pueden rechazar, y la que me acababa de lanzar John era una de ellas. Cuando el destino es atractivo, la compañía interesante, el plan envidiable y te pagan todo… qué se puede decir que no sea un ‘¡por supuesto! ¿cuándo salimos?’.
Días antes de salir hacia el Amazonas, había llegado desde el desierto de la Guajira a nivel del mar a los más de los 2.800 metros de altitud que tiene Bogotá. Del calor al frío (moderado).

Bogotá desde Monserrate

La capital colombiana es una ciudad sin grandes alardes, con un tráfico un tanto caótico (no posee metro), el típico bullicio de las grandes ciudades y un centro histórico muy interesante y atractivo. En él se encuentran los edificios más importantes de la República (Palacio Presidencial, senado, cámara…) por lo que está tomado por la policía y el ejército. Aunque sea reiterativo, el tipo de construcción colonial (grandes portones, ventanas y balcones de madera, color blanco…) es una auténtica maravilla en este país. En Bogotá me reencontré con Maritza a quien conocí fugazmente en Río de Janeiro y que me da cobijo, consejo y atención.

Barichara

El pueblo de Barichara, para mi el pueblo más bonito que he visto en Colombia, fue el lugar elegido para el reencuentro con Patricia. Las motivaciones compartidas y las emociones por descubrir nos dieron cita en un fin de semana en que la luz del día se mezcló con la noche por la intensidad de los deseos y el calor generado. Complicidad asombrosa, bienestar pleno, sensaciones satisfactorias… Demasiado bonito como para ser verdad.

Barichara de noche

Días después de la invitación de John, estaba montado junto a él y a una docena de periodistas en un avión camino de un nuevo encuentro para mi con el Amazonas, el ‘pulmón del mundo’. El viaje era organizado para promocionar entre los medios especializados colombianos las instalaciones de hospedaje del Parque Nacional Amacayacu. Hora y media después de salir del aeropuerto de Bogotá, sobrevolábamos la selva y el mundo serpenteante de las aguas turbias del río Amazonas.

Río Amazonas a su paso por Colombia

Hacía una semana que había estado en Punta Gallinas, el punto más al norte y ahora estaba en Leticia, el punto más al sur colombiano. Comprobar la distancia entre ambos puntos, me abrumó. Leticia, la capital administrativa de la Amazonía colombiana, nos recibió -como no podía ser de otra manera- con un calor asfixiante. Tras un recorrido en lancha rápida de apenas dos horas, llegamos a nuestro punto de destino. Al borde de la orilla del río y en pleno paisaje de selva húmeda tropical, se encontraba el alojamiento. Ocupamos un dormitorio entero con camas con mosquiteras.

PArque Amacayacu

Durante la estancia, tuvimos contacto con comunidades indígenas, montamos en canoa, hicimos rappel… y comimos de maravilla. Los que me conocéis ya sabréis que recuerdo los lugares por su comida. La última noche en el Amazonas tuvimos una fiesta por motivo de Halloween, una fiesta bastante celebrada en Colombia. Nos disfrazamos y nos fuimos a bordo de la casa flotante que dispone el Parque. La casa es propulsada por dos motores que permiten el desplazamiento por el río. Un auténtico lujo.

hotel flotante

Durante estos días fui objeto de interés por los distintos canales de TV inmersos en el grupo. Como ‘españolito’ les interesaba mi opinión sobre la zona por lo que próximamente apareceré por diversas televisiones colombianas. Y así, en un ambiente excelente de camadería y un entorno abrumador por la inmensidad, concluyó mi estancia por la Amazonía colombiana.



De vuelta y antes de adentrarme en el mundo del café visité Panaca, un parque temático agropecuario que propicia la interacción del visitante con la naturaleza y los animales domésticos.

panaca

En torno a las tierras que ocupan los cafetales, se agolpan numerosas fincas que ofrecen actividades de agroturismo. El paisaje de la zona cafetera es montañoso. El verde se extiende por todos los rincones. Cualquier terreno es válido para hacer crecer las plantas de café que comparten terreno con el cultivo de plátano y la caña de azúcar. Elegí Marsella como el pueblo adecuado para conocer de primera mano la cultura cafetera.

Plaza de Marsella

‘Pregunte por Libardo Gómez, él tiene una finca cafetera muy grande y bonita’, me respondió mi interlocutor a la llegada a Marsella. Lo busqué, lo encontré, le conté y al día siguiente estábamos recorriendo su vasta finca en compañía de su lazarillo a quién apoda ‘Gallináceo’, un rapaz de doce años y de nombre Carlos Arturo Jaramillo y que atiende de inmediato las órdenes del patrón.

café de Colombia

En el Valle de Cocora, disfruté del entorno como nunca. Quizá uno de los sitios más bonitos en los que he estado. El verde inunda el paisaje accidentado y las palma de cera, el árbol nacional colombiano, se erigen hacia el cielo. Un día nublado perfiló una jornada preciosa. Además me llegué hasta una finca y allí pude departir con los trabajadores y fotografiarles en una sesión entrañable.

personajes del valle de cocora

La decepción
Demasiado bonito como para ser realidad palpable fue aquel fin de semana que pasamos (con-)juntos Patricia. Después de ambientarme con tus palabras ante el futuro inminente a base de tus recuerdos inconfesables del fin de semana pasado, dos días antes de iniciar nuestro viaje me sorprendes con un innecesario (repito; innecesario) juego de esperas y mentiras que camuflan quizá el alcance de la miseria humana. Y por supuesto que estoy dolido porque no saliera el plan como diseñamos. Cómo no estarlo a la luz de lo que te ofreciste, te sentí, te escuché, te leí…
Únicamente poseo dos fotos de ti y ambas son dos sombras, como si solo tu existencia en este viaje hubiera sido simplemente un espejismo maravilloso… pero tan solo eso, un espejismo.

valle de cocora

El susto
No acababa de guardar aún mi cámara en su bolso cuando la buseta (microbús) en la que iba junto a otros dos pasajeros se detuvo súbitamente ante un coche de policía que acababa de cerrarnos el camino. De inmediato dos policías armados entraron por la parte delantera y otro por la puerta trasera. Apenas me dio tiempo a pensar que sería uno más de los controles de seguridad habituales cuando el primero de los policías en llegar a mi, me preguntó sin mediar cortesía y con carácter enérgico que para qué era la foto que acababa de sacar desde el autobús hacia el exterior de la calle. Le respondí en un tono que dejaba evidente que su autoridad no me intimidaba que era una simple foto que tomaba en mi condición de reportero ‘español’, coletilla ésta muy recurrente y oportuna en casos como este.

ejército

El acento de mis palabras le sorprendió y cambió radicalmente de actitud aunque eso no evitó que por mediación del que creo era su superior, me pidiese mi identificación. Mientras la buscaba por mi cartera, me comentó que había gente que tomaba fotos para luego poner bombas a la policía, tal y como había sucedido días antes. Además se quiso asegurar si yo sabía del lugar peligroso en el que me encontraba. ‘A Ud. le ven con esa cámara y aquí no tardarían ni un segundo en arrebatársela’. Como le respondí, en ningún momento me sentí inseguro y menos aún dentro de un autobús. Supongo que en un afán de cortesía profesional, me invitaron al coche policial para acompañarme hasta el lugar al que me dirigía. Os aseguro que fue entonces, en aquel coche de la policía, cuando realmente empecé a sentir miedo. Ya no solo por el objetivo que supone un coche policial para posibles atentados sino y sobre todo, por los mismos policías. A pesar de la cordialidad en el diálogo, pasé miedo durante aquellos minutos y sobre todo cuando se interesaron por el valor de mi cámara y porque no me devolvían mi identificación. Al final llegué a mi destino y todo se quedó en un gran susto.

Luna sobre el cementerio de Barichara

La experiencia
Había transcurrido una hora desde que había bebido aquel brebaje y yo no me sentía aún ni ‘borracho’, ni ‘veía’ nada, ni tenía ganas de vomitar, efectos que debía haber percibido a los quince o veinte minutos según me había comentado Wilson, el curandero (no le gusta que le llamen chamán). Por el contrario yo ya sentía la respiración profunda de mis compañeros de experiencia, Helyda y Roger. Estaban en sus respectivos trances. Mientras Wilson profería sus repetitivos cánticos en la oscuridad de aquella bonita cabaña situada en la selva amazónica yo esperaba mi momento. En un intervalo de sus cánticos, le dije que no sentía nada por lo que me ofreció otra dosis más de yagé. El yagé es un brebaje preparado a base de plantas utilizado por diversas comunidades étnicas andino-amazónico con fines medicinales y purgativos.
Entre las explicaciones surrealistas de Roger de su experiencia y los vómitos de ambos, yo esperaba por mi trance. El efecto del yagé es lo que se denomina un Estado Modificado de Conciencia, en el que en ningún momento se pierde la conciencia, solo que se vive un estado de “conciencia ampliada”, del que normalmente las personas recuerdan todo lo ocurrido y las visiones tenidas, así en muchos casos no sepan expresar en lenguaje verbal el contenido de esas visiones. Se habla también de borrachera pues el efecto supone una pérdida de la coordinación corporal. Los vómitos y diarreas que se producen son síntomas de la purgación de cosas negativas (pensamientos y enfermedades).

yagé

Hora y media y yo sin efecto alguno. ‘Wilson, sigo igual’. De inmediato me acercó la tercera dosis. A los pocos minutos vomité pero seguía sin tener ‘visión’ alguna. Mientras tanto Roger y Helyda, ‘gozaban’ de sus trances entre los vómitos y la visita al baño.
A las dos horas y media, Wilson inició la ceremonia final. Mis compañeros apenas podían coordinar sus movimientos. Muerto de sueño y defraudado por la experiencia marché a mi hamaca. Al día siguiente pregunté a Wilson por el por qué de mi experiencia. ‘Eres una persona fuerte y sana pero el miedo que tenías a vivir esta experiencia te ha impedido disfrutarla’. Más que miedo creo que era incredulidad.

madre e hija

El momento
Llueve, diluvia sobre la oscuridad del Amazonas. Mis agradables compañeros de viaje duermen. Las luces del complejo permanecen apagadas como todas las noches. Por la ventana contigua a mi cama con mosquitera apenas distingo formas. El ambiente un tanto fresco me motiva cubrirme con la sábana. Grillos, sapos, ranas y otros silencios de la selva… recrean una atmósfera exclusivamente para mi disfrute.

atardece sobre el Amazonas

Son en esos momentos cuando tomo conciencia de la experiencia de mi viaje. Enciendo la luz de mi reloj, y las 10:33 en España, el lugar al que deseo volver cuanto antes. Pero estoy aquí. Y a falta como siempre en momentos similares de felicidad de ese cuerpo caliente, discretamente perfumado y sensible a mis caricias que me permita compartir mi vivencia para creérmela; cierro los ojos, aspiro, me relajo y disfruto en pleno Amazonas.

En Marsella a 7 de noviembre de 2006