lunes, 12 de marzo de 2007

nuestro hombre esposado (idiosincrasia chilena)

frontera Bolivia-chile

Tras un soleado e impresionante recorrido por el territorio que ocupa la frontera entre Bolivia y Chile, nuestro hombre, el de los latidos de una huella, llegaba después de un año de nuevo al norte chileno. Otra vez Chile. Llegaba cansado por las pocas horas de sueño cubiertas pero con energía suficiente como para afrontar el descenso del país de norte a sur, de San Pedro de Atacama a Punta Arenas. Calama tiene el honor de ser según los propios chilenos, la ciudad más fea del país. Quizá por eso el destino la compensa con uno de los mejores niveles de vida gracias a los ingresos que llegan de los trabajos en las minas de cobre cercanas a la ciudad. El destino es a veces benévolo con las desdichas. Por las calles de Calama y en compañía de un joven estudiante de Sociología de camino también hacia Santiago, empezó a deambular como de si de una peonza se tratase.
Nadie a los que preguntaban conseguía decirles con certeza la ubicación de las terminales de los autobuses a la capital. Tanta incompetencia empezaba a dinamitar la paciencia de nuestro hombre; algo empezaba a corroerlo por dentro mientras iba de un lado hacia otro. Y es que en Chile cada compañía tiene su propia terminal. Idiosincrasia chilena. Una vez en las oficinas de la compañía Pullman Tour en el Mall Calama, eligió de las tres ventanillas de venta de pasajes la del centro y no tanto por el escote generoso de la vendedora sino por ser la única ventanilla que dispensaba billetes con pago con tarjeta. Delante de él, un hombre elegante era atendido con tristeza y desgana por la mujer escote. Era 'cuestión de escasos minutos' pensó con lógica. Y el tiempo empezó se fue más allá de la lógica. Comprobó con extrañeza que aquel hombre, no dejaba de comprar pasaje tras pasaje. Paciencia, se exigió. Al fin al cabo, está en su derecho de comprar cuantos billetes quiera. Transcurridos diez minutos, se acercó a la vendedora de la izquierda que lucía una prenda de la lana con cuello alto que contrastaba con el calor y el escote generoso que lucía su triste compañera de al lado.
- Por favor, ¿no puedes atenderme ahora que tu compañera no está usando el terminal de tarjetas?
- No estoy autorizada para ello, señor- le esgrimió mientras buscaba en su bolso cualquier cosa y que no era la simpatía que le faltaba.

viaje autobús

Y volvió a esperar detrás del hombre que compraba pasajes por todo el país en la única ventanilla que lucía el cartel de 'pagos con tarjeta'. Mientras tanto las otras dos vendedoras se cruzaban de brazos a la espera de clientes. A los quince minutos empezó a dar vueltas. A los veinte a resoplar con intención de ser oído. A los veinticinco, y a tan solo quince minutos para que saliera el bus, su cabreo explotó ante tanta incompetencia.
- Por favor, ¿me puedes dar el libro de reclamación? La del cuello alto de lana quiso frenar su intención pero cuando se fijó en su cara de enfado, desistió del intento y le ofreció el libro de manera inmediata. Se apostó sobre el mostrador a la izquierda del hombre elegante para escribir la queja. En su vida redactó tan mal. El enojo pudo con su arte. Y mientras escribía sin sentido, ocurrió lo que jamás tenía que haber sucedido. El hombre elegante sacó de su bolsillo un enorme taco de dinero que puso sobre el mostrador de la vendedora con escote que atendía solo 'pagos con tarjeta'. Y allí, en aquel momento nuestro hombre explotó y no dejó a nadie sin su recriminación. Todos callaron como putas; la del cuello alto de lana, la del escote y el hombre tan elegante como imbécil. Y aún no había terminado de decir todo lo que pensaba cuando la del cuello alto que anteriormente se había negado a darle el billete por no estar autorizada, le ofreció hacerle -ahora sí- el billete. Al marcharse sintió respirar a las tres taquilleras mientras se miraban unas a otras.

Calama

Con una botella de agua bajo el brazo, la mochila de mano sobre el hombro izquierdo y el enfado sobre su aureola, nuestro hombre se subió al autobús y se sentó en su asiento 32, como siempre pasillo de la izquierda. Pronto empezó a ahogarse por el excesivo calor que media hora después justificó su queja ante un insípido azafato reclamándole el aire acondicionado. 'Señor el aire está en marcha pero ocurre que el autobús estuvo todo el día bajo el sol y entonces se demorará un poco en alcanzar la temperatura adecuada', le respondió con ese acento metálico típico chileno. Una vez más y para no defraudarse a sí mismo, volvía a quejarse sobre el servicio a bordo en un autobús. Y pasó otra media hora y sus compañeros soportaban estoicamente en silencio el calor hasta que una joven situada dos asientos delante de él, se volvió a quejar al azafato. Cuando se marchó, le preguntó sobre la respuesta que la había dado. 'Dice que hay que esperar a llegar hasta la próxima parada en Antofagasta para apagar el motor y encender el aire'. Era la respuesta que menos esperaba, la que menos le calmaba y la que terminó por encenderlo de nuevo. Se sentía engañado por el azafato pues la causa del calor no era la exposición al sol del vehículo y además no estaba dispuesto a esperar tres horas más hasta la siguiente parada por el aire acondicionado. Se calzó con la rapidez con la que sus demonios le incitaron. Y allí se lanzó a por el azafato. En castellano de España, le amenazó que fuese la última vez que lo engañaba y que o encendían el aire de manera inmediata o a llegar a Antofagasta pondría una queja. El azafato insípido pareció no inmutarse pero no había llegado de vuelta a su asiento cuando nuestro hombre sintió disminuir la velocidad y segundos después el autobús se detendría, se apagaría el motor y al reiniciarlo el aire frío empezó a agradecerse. Lo sintió como una victoria. Minutos después el azafato se paseaba por el pasillo comprobando el funcionamiento del aire. A la altura de nuestro hombre, se acercó a él y le preguntó:
- ¿Todo bien Señor? Lamentablemente hemos tenido un problema con la televisión y no vamos a poder ver ninguna película.
Optó por no inmutarse a pesar de que 20 horas de autobús sin el entretenimiento del cine no le agradaba. Y siguió leyendo a García Márquez.
Antofagasta no es mucho más bonita que Calama. Cómo ésta, los salarios de la minería contribuyen a un mejor bienestar. Observaba la (sin-)vida en las calles cuando al doblar una esquina, el autobús le mostró el mar tranquilo y un carguero esperando su turno frente al muelle. Como en otras ocasiones, la ciudad lo recibió en tonos tristes. El cielo encapotado de un gris plomizo. El color ocre pálido de la tierra árida del que apenas resaltaban las casas de colores sobre ella erigidas. Sobre el paseo marítimo, los más jóvenes se divertían con el monopatín y los menos jóvenes, paseaban plácidamente sin sol. De repente le impactó una pintada desesperada sobre el muro del malecón y que en letras mayúsculas quizá para dar mayor énfasis expresaba un 'Nelson Álvarez te amo de verdad. Por favor'; desgarrador, conmovedor. A las afueras de la ciudad y a la altura de un campo de golf todo él sobre tierra desértica, el cielo dejaba atrás la gran nube gris e iluminaba de nuevo las páginas del libro. Poco tiempo después y al mismo tiempo que empezó a sonar por la radio George Michael, dos asientos atrás, en la última fila, un hombre de bigote exuberante recién subido al autobús, empezaba a roncar sin piedad. Y no dejaría de hacerlo hasta bajarse poco antes de llegar a Santiago, dieciséis horas después.
Con los auriculares de la música funcionando y con los últimos vestigios de luz natural, y mientras leía la página 208 de 'El amor en los tiempos del cólera', le sobresaltó por su cercanía la siguiente lectura: 'La viuda de Nazaret no faltó nunca a las citas ocasionales con Florentino Ariza, ni aun en sus tiempos más atareados, y siempre fue sin pretensiones de amar ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera como el amor, pero sin los problemas del amor'.
Ya apoderado el día por la noche, el insípido azafato pasó repartiendo un insípido sandwich. 'Gran Salame Express' se llamaba (el sandwinch); 'rico sándwich en pan frica, relleno con salame ahumado, queso mantecoso y un suave queso crema' y envasado con atmósfera modificada (¿?). Era el primer bocado que se metía en el día después del desayuno a más de cuatro mil metros de altura y no era ocasión de tener presente sus fobias al queso. Devoró el insípido sándwich.
Y después de la (gran) cena, inició el ritual de siempre listo para dormir. Guardó sus gafas. Se puso los tapones. Improvisó con el forro polar más grueso una almohada. Se colocó el gorro del altiplano que le regaló su amiga Gracia. Echó hacia atrás el asiento y cuando intentaba acomodarse sobre él, notó las rodillas de otra persona sobre su espalda. Se incorporó y se volvió hacia atrás. Era el azafato que descansaba plácidamente justo detrás de él. Optó por dejarlo en paz. Y se reacomodó de nuevo sobre su asiento y entre las rodillas del azafato, se durmió. No tengo constancia con qué o con quién soñaría pero sé que esa noche nuestro hombre volvió a babear sobre su hombro izquierdo.
La llegada a Santiago le supo a familiar. Sin tiempo para saludar a los conocidos pensó dedicar las escasas horas en la capital a la espera del bus a Osorno para ducharse (después de dos días sin conseguirlo) y a fotografiar el atardecer sobre la Alameda. Al final, veleidades del destino, solo consiguió lograr lo más importante, la ducha. Y también consiguió enojarse por los precios. La ducha ('ducha ejecutiva') rezaba el letrero; 5€. Una botella de agua de medio litro, casi un euro. El guarda equipajes, cerca de 3€. 'Cobráis más que en Europa', se quejó sin que apenas el joven que lo atendió le mirase a los ojos de indignación.

Santiago

Ya en el autobús y de noche, quiso dormir pronto. Agarró el almohadón antes que el azafato pasase ofreciéndolo y comprobó que no era lo suficiente grueso como para serle útil. Con todo su aparataje de dormir intentaba conciliar el sueño cuando lo agitaron. 'Disculpe Señor. Su billete por favor'. Era el azafato, un joven delgado y alto de apenas unos veinte años, bien peinado, de impecable presencia pero de formas por formar. Es costumbre en los servicios de autobús de Chile solicitar el nombre y un teléfono de contacto para en caso de accidente. Nuestro hombre se irá de Chile sin entender por qué no realizan ese trámite antes de subir al autobús. Y después de facilitar los datos exigidos, intentó recuperar el hilo de su dormir. Y lo había logrado hasta que lo volvieron agitar. Cómo pudo coordinó sus torpes y dormidos movimientos para quitarse el antifaz de sus ojos. Era el propietario del asiento de al lado que con un gesto le pidió pasar. Y así hizo. Nuestro hombre se apoderó de la parte más cómoda del reposabrazos intermedio por el que siempre hay que estar dispuesto a batallar. Para cuando el recién llegado se ubicó, se encontró con el terreno ocupado. Y se volvió a dormir hasta la mañana siguiente en que el azafato de formas por formar lo despertó cuando fue abrir las mismas cortinas que la noche anterior él mismo había cerrado. El azafato cumplía fielmente uno de los rituales más estúpidos que se les ordena en los autobuses chilenos. Por la noche, ellos corren las cortinas y por la mañana las abren de tal forma que si estás plácidamente durmiendo, la luz del día que el azafato de turno ha permitido pasar, te despertará anunciando que tu hora de dormir ha llegado a su fin. Típico 'servilismo' chileno.
El autobús de Osorno a Bariloche, un Mercedes O404 carrozado por Irízar, aún conservaba los colores que atestiguaban el efímero y calamitoso paso de la compañía asturiana ALSA por Chile. El azafato de turno de unos cincuenta años y con ganas de agradar y con gran sentido del servicio, se empecinaba en asumir el rol también de policía de aduana. En un autobús de mayoría de turistas extranjeros, aquel azafato se dedicaba a preguntar por el origen, destino y motivo del viaje. 'Good morning. Your passport, please?', balbuceó en un inglés voluntarioso ante la presencia de nuestro hombre al que tan poco agrada le consideren anglosajón. Éste con calculada parsimonia dejó señalada la página que leía en esos momentos del libro de García Márquez, buscó en uno de los bolsillos el pasaporte y se lo entregó al azafato con vocación de servicio. 'Ah, pero si es Ud. español' se expresó con su acento de chileno metálico. 'Ud. viaja mucho amigo', observó mientras ojeaba por encima los sellos de mi pasaporte. Y nuestro hombre se limitó a escuchar.
Ya en el lado argentino, se sintió diferente, suelto y empezó a divertirse. Bromeó con la policía de aduanas sobre los temas de siempre; fútbol, Maradona y mujeres, no necesariamente en ese orden. 'Pero si a vosotros os gustan las españolas con ese acento y a nosotros las argentinas con su acento, ¿qué hacemos que no oficializamos ese 'intercambio cultural'? Hasta el oficial de mayor rango, apoyó la propuesta.
Las exigencias del guión previsto para el viaje, obligaba pasar por alto Bariloche, una zona por la que en su día disfrutó y que le recordó a Vera.
En El Bolsón, a dos horas de Bariloche y por un recorrido espectacular, esperaba encontrar a Pedro Díaz Pérez, un aventurero asturiano amigo de andanzas de Manuel, aquel asturiano de Belo Horizonte en Brasil. Con apenas el nombre, intentó localizarlo a través de la Oficina de Turismo de la localidad. Ésta se puso en contacto con la policía, y ésta con el vecino más conocido del lugar donde debía vivir Pedro. 'Se volvió a España hace unos años' le comentaron. Y ahí se esfumó su ilusión por un nuevo encuentro con una persona interesante, de vida grande y experiencia inmensa.

El Bolsón

A la desilusión por no encontrar a Pedro, se le unió el susto de muerte que se llevó al asumir el extravío de su agenda, la misma que le hizo llegar Belén, una antigua compañera de trabajo.
Afortunadamente para él, encontró la mejor predisposición de cuantas personas pudieran tener algo que ver con su rescate. Al día siguiente, agradecía en persona a Miguel, Gerente de la Terminal de buses de Esquel, la devolución de la agenda que había dejado olvidado en un autobús.
Al día siguiente salía en un autobús hacia Río Gallegos. 27 horas de viaje. Al subir al autobús lo hacía con el grato recuerdo de la conversación mantenida con Olga y Tito un matrimonio de jubilados de la Córdoba argentina con un espíritu inquieto sobresaliente. Subía también en una bolsa del supermercado La Anónima, dos recipientes de plástico de espaguetis con carne picada que se había cocinado al medio día y que sería su comida por dos días. Y viajaba como compañero de una gallega, Marta, de un donostiarra, Jaime y de un ecuatoriano, Carlos, y al que rindió cuanta pleitesía hizo falta al verle lucir una camiseta de Toledo, la ciudad natal de nuestro hombre. El viaje hasta Río Gallegos resultó cómodo en un autobús argentino confortable, con cine a bordo y sin ningún azafato. El viaje paralelo a la costa atlántica transcurrió por una inmensa extensión plana típica de la estepa patagónica. Las rectas de kilómetros, poblaciones habitadas considerablemente distanciadas entre sí, el viento campando a sus anchas… El sol, las nubes y el agua de estas se turnaron en perfecta sincronización.
Mientras el paisaje y la climatología se sucedían, las aventuras del triángulo amoroso de Florentino Ariza, Fermina Daza y el doctor Juvenal Urbino estaban llegando a su fin. Aquel libro de 'El amor en los tiempo del cólera' que compró fotocopiado en formato libro por menos de 2€ en Santa Cruz de Bolivia había sido sugerido por el erudito hermano menor de una amante de mentira de meses pasados. Fue aquella noche en que esperando a cenar con la madre, el hermano y ella, nuestro hombre se sentó a conversar con el joven estudiante de medicina que a la vez leía El Quijote. En una pequeña libreta el joven apuntaba las palabras que desconocía; (hábito) atávico, (piel) lampiña, (maneras) lánguidas, olor (montuno)… Sintió la curiosidad por leer un poco del libro. Y lo que leyó le gustó. Y en vista de que había visto en Cartagena de Indias a Bardem rodar la película basada en esa novela, decidió afrontar la lectura del libro antes de ver el film. Aquella noche después de cenar terminaría aceptando la invitación de su anfitriona de quedarse a dormir. Llegado el momento y mientras la madre recogía la mesa, el hermano leía cualquier libro, el perro iba de un lado a otro sin ser atendido y el noticiero de medianoche informaba de los sucesos del día en el mundo, ella, la amante que primero fue de verdad y terminó siendo de mentira, lo acompañó hasta su habitación, la mejor de la casa. Era una habitación muy pequeña con baño propio. Sin lugar a dudas, el espacio era de ella. Olía a ella. La única ventana comunicaba con el pasillo de la casa. Sobre la cómoda, se desplegaba las armas de toda una mujer. La cama era de matrimonio. Y sobre la cama, ella lo tumbó. Le besó y luego se besaron. Hacía tiempo que nuestro hombre no se encontraba con unos besos así, tan familiares como con los que aprendió a besar. Eran besos a la medida. Ella se incorporó y huyendo quizá de una mirada excesivamente turbadora, retiró la vista de él mientras empezó primero por quitarle el cinturón. Luego le desabrochó el botón del pantalón. Y la cremallera se abrió. Y el pantalón desapareció. Y los calzoncillos inmediatamente después. Y a partir entonces, ella, la amante de mentira se dedicó por completo a complacerlo con una mezcla excelente de juventud y experta hacedora en el arte del amor. Y en el momento en que el noticiero empezó a dar cuenta de los efectos del fenómeno climatológico del 'niño', en que el perro esperaba a la puerta de la mejor habitación de la casa, en que el hermano buscaba en el diccionario la palabra 'esgarrar' y la madre recogía los platos, nuestro hombre se tapaba la boca a doble mano mientras se explotaba en emociones.

amigos Río Gallegos

A escasas dos horas para llegar a Río Gallegos, Florentino Ariza y Fermina Daza ya viajaban juntos por el río Magdalena. Y sobre él, vio de nuevo a Patricia camino de Mompox. El final de la novela se acercaba para lo que recreó el escenario pertinente. El sol quiso ser testigo de excepción y acompañó hasta que García Márquez escribió el 'FIN'. La luz del atardecer se extendía sobre la estepa patagónica sin perfil sobre el horizonte. El silencio en el autobús se hizo presente.
Eligió la canción adecuada de su MP3. Subió ligeramente el volumen y afrontó las últimas páginas. Poco a poco lo vi acrecentar una sonrisa que tímidamente fue tomando forma. Florentino Ariza y Fermina Daza no querían que aquel viaje finalizase después de haberse reencontrado después de tanto tiempo huyéndose y deseándose.
'- Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir con este ir y venir del carajo? –le preguntó (el capitán del barco).
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
- Toda la vida- dijo.
Y mientras leía la palabra 'FIN', cerró el libro con un agradecido 'excelente'.
A la hora de llegar a Río Gallegos, el ecuatoriano, la gallega, el vasco y nuestro hombre (asturiano de Toledo), disfrutaban de una cordero patagónico a la estaca mientras fuera en la calle ligeramente llovía un frío intenso. Con la garganta molestando y con el respirar congestionado, aquella noche al sur le costaría dormir. Aquel viernes 8 de marzo, día de la Mujer, nuestro hombre no lo olvidará jamás. Aunque pareció costarle, el sol terminó por salir y lo acompañó hasta la Terminal a comprar el último asiento disponible hacia Punta Arenas. Pasó como siempre sin problemas la aduana argentina aunque esta vez, un ligero malestar general que le provocaba un ligero dolor de cabeza no le animó a liderar ninguna conversación entretenida. Al llegar a la aduana chilena, recogió del maletero su mochila de 32 kilos y la pasó adentro de la aduana. A pesar del verano, la calefacción calentaba el ambiente frío del lugar. Se colocó al final de la cola y no le importó que una pareja de argentinos se le colasen. Tampoco le molestó que esa misma pareja no entendiesen al conductor del autobús cuando les pidió que antes que ellos debían pasar todos los pasajeros del autobús. Nuestro hombre parecía tranquilo, calmado, al margen de todo. Estaba congestionado.

distancias Punta Arenas

Parecía un corderito degollado, sin pena ni gloria hasta que aquel oficial de aduana le apartó con la mano y de mal forma su pasaporte y el papel de control que terminaba de rellenar junto a la exigua ventanilla de cristal que separaba al ordeno y mando de los sumisos. Y el corderito se convirtió tigre. Por el hueco de la ventanilla y señalándole al policía con la punta del bolígrafo, le advirtió que fuese la última vez que le trataba con esa desconsideración. El exiguo bigote que lucía el policía –como los pelos que no tenía en la cabeza- se le puso de punta por la tensión mientras más de cincuenta personas –la mayoría argentinos- observaban los 'cojones del gallego'. Cojones que le volvieron a perder cuando se negó a irse al final de la cola como le había mandado el oficial. Y soltó un impersonal 'me cago en la puta' que el policía hizo suyo y no seguro de ello, le obligó a repetir a nuestro hombre que para asegurarse que esta vez lo oyese, se lo repitió por la ventanilla. No había terminado de pronunciarlo cuando el policía se levantó de su silla, salió del mostrador y mientras se dirigía hacia él desenfundaba las esposas hasta colocárselas sin resistencia. Y lo llevó a un cuarto y el policía desapareció con su bigote erizado. Nuestro hombre se sentó y lejos de alterarse, se tranquilizó. 'Lo que me faltaba' se pensó. Durante los cinco minutos siguientes no dejó de verse las manos con las esposas. Cuando vio pasar a un carabinero con uno de esos típicos gorros de orejeras rusos, se levantó y le exigió una explicación. De inmediato apareció el policía y lo encaminó de nuevo a la habitación y cerrando tras él la puerta trataron de dialogar aunque las acusaciones mutuas de atropello lo impidieron con mayor rapidez. No tardó ni un segundo en esgrimir su condición de periodista. Era esta una condición que asumió desde el principio de su viaje especificando en el apartado de 'profesión: periodista'. Ante cualquier problema, la presencia de un periodista siempre es molesta aunque a veces puede originarse el efecto contrario. Nuestro hombre fue el primero en pedir disculpas pero no sin antes dejar claro que la expresión no iba dirigida contra él y también fue el primero en extender la mano una vez que el policía estampó el sello de entrada. 'Que tenga buen viaje' dijo el policía con los pelos de su bigote ya en posición natural. Mientras se iba al autobús donde le esperaría la complicidad de sus compañeros de viaje, el chofer le sugirió a nuestro hombre que pusiera una denuncia en la comisaría de Punta Arenas. Pero prefirió dejarlo pasar.

Punta Arenas

Y en Punta Arenas, un lugar por él ya conocido, le esperaba el mismo frío que aporta la ausencia de sol por estas latitudes. Eligió la primera oferta de alojamiento que le ofrecieron nada más bajar del autobús. Deshizo la maleta. Y tomó una ducha con el gel de baño de 'Agua de Loewe' que le había regalado su amiga Gracia por Reyes. Y bien aseado se acostó libre de esposas y con el sonido de la intensa lluvia del exterior como fondo de su sueño y sus sueños. Punta Arenas significó el reencuentro con los amigos asturianos sobre los que publicó en 'La Nueva España' un reportaje el año pasado. El reencuentro con Virginia, Manuel, Adriana y resto de familia fue en torno a una mesa tan grande como el cariño y la atención que recibió. La excusa saldar una deuda con el arroz con leche y las casadielles de Virginia y Adriana. Nuestro hombre quedó agradecido con los Mallada, grandes asturianos y mejor personas. Y el reencuentro con Víctor y Ana María emotivo como el recibimiento con el himno de Asturias con el que fue agasajado. A falta de sidra, el vino chileno sirvió de estimulante. Grandes anfitriones, mezcla perfecta magallánica-asturiana, amigos para conservar. Y con un 'nos vemos en mayo' se despidió llevando consigo un abrigo de Víctor, unas latas de sardinas, otras tantas de pimientos de piquillo rellenos de bacalao y otras más de fabada. En deuda eterna. Y después de compensar con tanto cariño los abusos de autoridad, nuestro hombre duerme ahora plácidamente después de haber puesto orden en su mochila de 32 kilos. Para cuando despierte, nuestro hombre se embarcará en la última gran aventura de su viaje y como el destino es caprichoso éste habrá determinado que la misma sea la más increíble, la más original, la más apasionante… y la más fría. Así es nuestro hombre y así su viaje.

En Punta Arenas a 11 de marzo de 2007, en el grado 53-54 latitud sur aproximadamente, a orillas del Estrecho de Magallanes en la Tierra del Fuego, a 12.404 kilómetros de su casa y a punto de caerse del mapamundi.