sábado, 31 de marzo de 2007

un buque con 51 marinos y un reportero

La experiencia

Elicura

Era un golpe inevitable. Lo supe desde que me auto asigné por cortesía hacia mis nuevos compañeros la cama superior de una de las dos literas del minúsculo camarote de enfermería en el que me acomodaron junto a otros dos oficiales. Ante el overbooking y por deferencia hacia los tres, el Segundo Comandante había decidido que los habituales usuarios de ese camarote (de menor rango) se trasladasen a otro lugar. Privilegio de reportero. Aquella tubería que subía de la sala de máquinas hasta llegar a la proa del buque Elicura de la Armada de Chile, pasaba a menos de medio metro por encima de mi cabeza. La última noche a bordo y después de dos semanas esquivándola, me sobrevino aquel golpe lateral sobre mi cabeza.

cordillera Sarmiento

Pocas horas antes de aquel previsible suceso habíamos atracado en Caleta Tortel. La tripulación del buque iba a disponer de una tregua de tranquilidad y descanso. La primera de esas noches, el Segundo (Comandante) había autorizado una noche de fiesta, relajación y ron, mucho ron. La fiesta a diferencia de la que habíamos disfrutado una semana antes todos juntos en la bodega del buque y en torno a un monumental asado, se tenía que organizar por cámaras. Para ello cada una de ellas compraba antes de zarpar de Punta Arenas, todo lo necesario para el evento; alcohol, bebidas gaseosas, frutos secos… La cámara de cabos y marineros, por ser la más numerosa y por ser ellos los que más merecían el relax, era la más bulliciosa. Las botellas de ron se extendían a lo largo de la estrecha mesa. De frente a ésta, estaba la cámara de Sargentos y Suboficiales de formalidad acorde a la mayor edad, se afanaban en mostrar sus mejores dotes como cantantes frente al karaoke que habían instalado en su televisión. No obstante, también el ron añejo era el rey. Mucho más formal pero igualmente con mucho ron (y whisky para mi), era la cámara de oficiales (y del reportero). Nada más embarcar, me beneficié de los privilegios de los oficiales veinteañeros y del Comandante; un baño (compartido) mucho más limpio y ordenado, una cámara (a modo de salón-comedor) con una decoración más fina y mayor confort, la comida idéntica pero mejor presentada y servida…

Elicura I

Aunque fue poco el whisky que tomé, seguramente fue el suficiente para perder las referencias de distancia entre aquella tubería y mi cabeza en aquel momento en que me subía a mi catre bien avanzada la madrugada y mientras aún la cámara de Cabos y marineros seguía siendo la más animada. Escapé como pude a todas las invitaciones con las que pretendían agasajar al tripulante especial, al fotógrafo ante el que se lucieron, al español que imitaban con acento de 'la madre patria'… Me sentí en casa propia. El excelente trato que me dispensaron desde el primer día alcanzó su cenit después que pasara por circuito interno un audiovisual con alguna de las fotos que les saqué. Los aplausos de las otras dos cámaras llegaron a la de Oficiales. Me sentí orgullo, muy orgulloso.

Valderrama

Era un broche final a una experiencia singular que había estado planificando por meses hasta conseguir la autorización pertinente de la Armada de Chile para seguir los trabajos de señalización marítima y aprovisionamiento a los faros habitados y comunidades aisladas por los fiordos y canales de la Patagonia austral, en un recorrido alejado en su inmensa mayoría de las rutas comerciales. El paisaje simplemente increíble. Entendí entonces a Alejandro Silva, el niño protagonista de la excelente novela de Francisco Coloane 'El último Grumete de la Baquedano' y que pude leer durante la travesía. Aquel niño que como polizón se coló en el último viaje del buque escuela de la Armada Chilena quedó maravillado por los paisajes que recreaban 'canales tortuosos, en medio de grandes montañas y por aguas quietas, profundas y renegridas por las sombras de los cerros'.



Durante el recorrido tuve la oportunidad de visitar dos faros habitados aislados. En el primero vivía Marcelo, especialista farero de la Armada de Chile, con su mujer Bibiana y sus hijos, Angelo (6) y Jasmine (2). De los 12 años de experiencia, cinco los ha pasado en situación de aislamiento. Desde enero vive por primera vez en familia desde que se casó. En el Faro Fairway van a estar todo un año aislados en medio de canales y de una climatología infernal. Reciben provisiones cada cuatro meses. En el otro faro, habitado por personal de la Armada, viven cuatro marineros que son relevados cada cuatro meses siempre y cuando las condiciones del mar para realizar el relevo sean las óptimas. ¡¡Vivir aislado!! Convivir con otras tres personas no pero vivir todo un año en un faro con una buena compañía, creo que sí sería capaz.

Soudy

Para la realización de mi trabajo conté con todo el apoyo logístico necesario. El Comandante dispuso para mi cuanto precisé; me bajé en los botes para seguir bien de cerca el admirable trabajo de fareros y buzos, me subí a donde hizo falta para fotografiar, me facilitaron el acceso a los responsables de las comunidades aisladas para entrevistarles, e incluso pusieron a mi disposición un bote con motorista para las tomas especiales del buque por pasos de singular belleza. Marché con el mejor de los recuerdos y eso que temía que la disciplina y seriedad de los militares, entorpeciese mi trabajo e hiciese la experiencia aburrida. Todo lo contrario. Y no está nada mal la experiencia para alguien como yo insumiso de boquilla y objetor social sin remedio.

atracando

El primer día de navegación y poco después de zarpar desde Punta Arenas, distintos zafarranchos movilizaron a toda la tripulación. Hubo dos hombres al agua, un fallo de gobierno en el barco e incluso un incendio. Afortunadamente, se trataba de distintos simulacros. La vida a bordo para un civil no acostumbrado como es mi caso, es un tanto incómoda por la falta de espacio, los movimientos del buque (menos mal que salvo un día de navegación a mar abierto, el resto fue por canales de agua más o menos calmada) y sobre todo, por el ruido y las vibraciones que provoca éste. El ruido era bastante incómodo, especialmente en la cámara de oficiales y en el camarote de enfermería donde dormía. Pero salvo esas incomodidades, el resto de la vida a bordo es entretenido. La comida fue exquisita. El trabajo en el puente de mando muy atractivo. Es todo un mundo. Apenas pude aprender alguna cosa.

trabajos faro

Una tarde, horas después de atravesar la mítica Angostura Inglesa que obligó a la barcaza Elicura a dos maniobras seguidas de giro de 90º, llovía débilmente. Yo estaba trabajando con el portátil cuando me llamaron por megafonía; 'Antonio, puente'. Era el mensaje escueto que me obligaba a tomar la cámara y subir despavorido al puente de mando. Al llegar, el Comandante Espinoza (para mi, Patricio), me indicó que nos acompañaba una ballena a babor. En aquel momento tuve que estallar de emoción ante lo que sería mi primera visión de tal cetáceo. Pero con cámara en mano y según fueron transcurriendo los segundos y luego los minutos, mi rostro dibujaría la mayor de las decepciones. Las ballenas se me seguían resistiendo en este viaje. Me fui antes de que llegasen a Argentina y tarde a Colombia y Ecuador. Me tuve que conformar con la compañía siempre fiel y divertida de las toninas (de la familia de los delfines). En aquel momento que la ballena se me escapaba, hacía 6º de temperatura y la ola estaba pegando por la aleta estribor. El viento entraba a 12 nudos por la cuadra a estribor y la mar estaba rizada y yo frustrado.

El arrebato.
Salir de Chile desde el confín que representa Caleta Tortel, me supuso una desesperación y una demora de tres días por la ausencia de transporte frecuente (público y privado). Afortunadamente el reencuentro con la Carretera Austral merece la pena por la belleza escénica.

Carretera-Austral

Al cruzar la frontera con Argentina tras haber hecho dedo, decidí en un arrebato de inconsciencia bajar una vez más hacia el sur por la famosa Ruta 40 que desciende por una vía de tierra paralela a la cordillera de los Andes (y paralela a la Carretera Austral en Chile).

ruta-40

Más mítica que interesante pues bajo mi punto de vista, lo interesante debe estar tierra adentro en esas estancias ganaderas donde habitan gentes aisladas y alejadas de todo y de todos y a merced de los rigores de una climatología inadmisible. Aunque no logré los objetivos que perseguía (realización de un reportaje fotográfico) en El Chaltén conocí a Caro, una amiga que conocí, como a Fernando y Patricia, en un foro sobre viajes. En pocas horas nos tuvimos que poner al día de su reciente viaje por el continente y del mío. 24 añitos, le sobre entusiasmo.

El momento
Recién llegado de nuevo a Buenos Aires para una estancia de a penas de dos días. Y aquí también llueve débilmente. Y relampaguea. 3:49 de la madrugada.
Mañana tengo dos reuniones. Son dos opciones de futuro profesional. Y mientras yo decido mirar hacia delante, a mis espaldas, un sofá cama me espera desde hace ya un par de horas. En la habitación principal, contigua a este salón, espero que duerma y descanse Silvia. La encontré mal. Recreándose en el pasado. En ese tipo de miseria de la que tanto cuesta salir. Lo llamamos 'problemas de amor'. Durante la extensa sobremesa que acompañó a la cena que preparé; y mientras la escuchaba, la observaba… me vi en ella en un tiempo ya pasado simple para mí. Y lo sé. Sé que nada consuela más que ser escuchado. Que nada duele más que le hagan a uno ver la dura realidad. Que nada extraña más que verse uno mismo así, hecho una mierda, sin esperanza alguna. Nada en estos momentos de duelo y miseria sana. Solo un tiempo (de empeño) será necesario. Silvia, como todo el mundo que quiere, todo pasa. Incluso el (des-)amor.

En Buenos Aires a 30 de marzo de 2007.